En el Día Internacional del Reciclaje solemos mirar el final del camino: la basura, los contenedores, el relleno sanitario o el compostaje. Aunque necesaria, en el caso de los alimentos esta mirada puede llegar demasiado tarde. Antes de preguntarnos qué hacer con los residuos orgánicos, deberíamos cuestionarnos: ¿por qué tantos alimentos se transforman en pérdida antes siquiera de llegar a venderse?
La distinción importa; la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), diferencia entre desperdicio y pérdida de alimentos. El desperdicio ocurre al final de la cadena (supermercados, restaurantes y hogares). Las pérdidas, en cambio, se producen antes: en la producción agrícola, cosecha, postcosecha y almacenamiento. Es decir, hablamos de alimentos que no alcanzan a llegar a los mercados ni a la mesa.
Mirar el reciclaje desde esta perspectiva cambia la conversación. No se trata solo de valorizar lo que llegó al basurero, sino de evitar que alimentos producidos con agua, suelo, energía, trabajo y conocimiento terminen fuera del sistema alimentario. En un país tensionado por la crisis climática, la sequía y las desigualdades alimentarias, estas preguntas son relevantes y urgentes.
Los datos para Chile muestran que el problema comienza mucho antes del consumo. Un estudio realizado en Chile estimó que, en 2021, el país generó 5,18 millones de toneladas de pérdidas y desperdicios de alimentos. Sin embargo, si observamos solo las etapas iniciales —producción agrícola, postcosecha y almacenamiento—, el volumen alcanza aproximadamente 3 millones de toneladas. Más de la mitad del total se concentra antes de llegar a la venta.
La mayor parte de estas pérdidas tempranas corresponde a la base de una alimentación saludable. Solo en frutas se estimaron cerca de 1,6 millones de toneladas perdidas entre producción y postcosecha; en verduras, alrededor de 540 mil toneladas. Estas cifras no hablan de restos de comida en los hogares, sino de alimentos que se pierden antes, en el campo.
Esta situación expresa una paradoja dolorosa. Por un lado, derrochamos bienes comunes vitales en medio de una crisis climática. Por otro, perdemos alimentos frescos y nutritivos en un país donde el acceso cotidiano a frutas y verduras sigue siendo un desafío para una diversidad de territorios, comunidades y familias. Cuando se pierden estos alimentos, no solo se pierde materia orgánica: se pierden oportunidades de salud y bienestar.
Las causas son múltiples: daños de manipulación, dificultades de almacenamiento, falta de infraestructura, ausencia de cadenas de frío, eventos climáticos, subordinación de la alimentación bajo la lógica extractivista y de mercado o exigencias estéticas del mercado que descartan alimentos por su forma o tamaño. Para la agricultura familiar campesina e indígena, estas brechas muchas veces determinan si un alimento logra circular o se queda atrás.
Desde el Grupo Transdisciplinario para la Obesidad de Poblaciones (GTOP) y la Cátedra de Agricultura Campesina y Alimentación de la Universidad de Chile, esta mirada invita a conectar el reciclaje con una pregunta profunda sobre nuestros sistemas alimentarios ¿cómo es posible avanzar hacia sistemas alimentarios que organicen la producción, distribución y consumo de alimentos fuera de la lógica de acumulación que ha subordinado la salud planetaria – individuos y colectivos- y los ecosistemas?
Bajo esta pregunta, reciclar es necesario, pero no suficiente. Si esperamos a que los alimentos se conviertan en residuos, ya hemos perdido demasiada agua, energía, suelo, saberes, trabajo agrícola y posibilidades concretas de mejorar la salud planetaria -individuos, comunidades y ecosistemas-. Por eso, la prevención debe ocupar un lugar central. Reducir las pérdidas implica potenciar el rol estratégico de la agricultura campesina e indígena, reconociendo el saber, prácticas y haceres de las y los agricultores, fortalecer la infraestructura, promover circuitos cortos de comercialización, revisar estándares estéticos excluyentes y construir mejores sistemas de información para saber dónde y cuánto se pierde.
En este Día Internacional del Reciclaje, el desafío no es únicamente gestionar mejor los residuos, sino transformar las condiciones que hacen posible que toneladas de alimentos nunca lleguen a alimentar a nadie. El mejor residuo es el que no se genera, y en materia alimentaria eso implica actuar desde el origen: cuidar los territorios, valorar el trabajo campesino e indígena, fortalecer sistemas alimentarios locales y priorizar la vida por sobre la lógica de descarte. Prevenir las pérdidas no es solo una estrategia ambiental; es también una apuesta ética y política por una sociedad más justa, saludable y sostenible.
Por: Cecilia Baginsky Guerrero -agronóma, académica de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile e integrante del Grupo Transdisciplinario sobre Obesidad de Poblaciones (GTOP)-, y Susana Jiles Castillo -trabajadora social y miembro de la Fundación Educación Popular en Salud (EPES)-.
Publicado originalmente en Radio Udechile







