En el marco del Día Mundial de los Océanos, la evidencia es contundente: la degradación marina ya no es solo un problema ecológico, sino la mayor emergencia de salud pública de nuestro siglo. Bajo el enfoque de “Una Salud”, proteger el mar es la tarea más urgente para garantizar la supervivencia física, mental y alimentaria de las futuras generaciones.
¿Alguna vez se ha detenido a pensar que cada segunda respiración que toma proviene del mar? Históricamente, en zonas de interior o alejadas de la costa, se ha contemplado al océano como una postal de verano: inmenso, hermoso, pero desconectado de nuestro cotidiano. Sin embargo, en este 8 de junio de 2026, Día Mundial de los Océanos, debemos despojarnos de esa peligrosa ilusión de lejanía. El mar nunca ha estado separado de nosotros; habita en nuestro interior. Es el aire que respiramos, el clima que nos cobija y el alimento que nos nutre. Por lo tanto, la salud del océano no es un tema exclusivo de biólogos o ecologistas; es el mayor y más urgente desafío de salud pública de nuestro siglo.
Cubriendo el 70% del planeta y albergando a millones de especies, el océano nos otorga cerca de la mitad del oxígeno que respiramos, secuestra alrededor del 30% del dióxido de carbono y captura el 90% del exceso de calor generado por nuestras emisiones, actuando como el principal amortiguador del cambio climático (ONU, 2026).
Sin embargo, desde la Revolución Industrial, extraemos, manufacturamos y contaminamos agresivamente bajo la bandera de un progreso ciego, ignorando que cada acción tiene un costo. ¿El resultado? Una triple crisis planetaria de cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación, donde los daños se potencian en un círculo vicioso. El calentamiento global, de hecho, ya superó la barrera crítica de los 1,5°C en el trienio 2023-2025.
Lo que le hacemos al océano nos regresa en forma de enfermedades, inseguridad alimentaria y vulnerabilidad. La acidificación del agua, producto de nuestras emisiones masivas, está disolviendo los esqueletos calcáreos de los moluscos y aniquilando la mitad de los arrecifes de coral del planeta, ecosistemas que sostienen cadenas tróficas enteras.
Paradójicamente, mientras la obesidad y la desnutrición avanzan como una sindemia global ligada al cambio climático, seguimos atrapados en sistemas que privilegian los productos ultraprocesados y prácticas que asfixian los ecosistemas marinos mediante la sobrepesca, la pesca de arrastre, las capturas accidentales y un aumento desmedido de consumo con fines industriales. Olvidamos, por ejemplo, que los tan valorados ácidos grasos omega-3 no son producidos por los propios peces, sino que provienen de las algas marinas que estos consumen.
Por ello, desde el Proyecto Hierbas de Mar de la Universidad de Chile, junto a GTOP, promovemos la valorización de las algas y de las comunidades algueras. A pesar de ser un alimento sumamente saludable (rico en vitaminas, minerales, omega-3 y proteína vegetal) y sostenible (no requiere tierra fértil, agua dulce ni fertilizantes, absorbe CO₂ y no compite con la agricultura terrestre), su consumo en nuestro país es marginal. Según la Fundación Encuentros del Futuro (2025), esto se debe a diversas barreras, como normativas dispersas y falta de una oferta innovadora, que limitan su consumo, dificultan su conocimiento y merman la confianza en estos productos.
No obstante, estas barreras no solo afectan a las algas, sino a todas las especies, actividades y comunidades costeras. Históricamente, las políticas se han abordado desde enfoques extremadamente sectoriales, ignorando que el océano funciona como un sistema vital integrado.
Chile, con más de 6.400 kilómetros de litoral, posee la cuarta costa más extensa del planeta. Sin embargo, el reciente Índice de Salud del Océano de Chile realizado por el Centro IDEAL y SECOS (2024) nos calificó con una nota de 61 sobre 100, muy por debajo del promedio mundial. Las consecuencias de este deterioro ya tiene efectos visibles, el calentamiento del agua dispara las mareas rojas, llenando nuestros mariscos de toxinas que amenazan la salud pública. Simultáneamente, marejadas cada vez más violentas sepultan bajo arena a locos, piures, lapas y praderas de algas. Esta asfixia submarina genera pérdidas productivas de hasta un 80% en algunas localidades, afectando a las economías y culturas que dependen del mar, y devastando la actividad comercial y habitacional aledaña.
Pero el problema va mucho más allá de la pesca. La degradación del océano es un detonante directo de enfermedades humanas. El aumento global de temperaturas favorece la expansión de vectores transmisores de virus como el dengue o el zika, mientras que los microplásticos y metales pesados se abren paso silenciosamente por nuestra cadena alimentaria hasta llegar a nuestra sangre. Por ello, el enfoque de “Una Salud” (One Health) ya no es una opción teórica, es un imperativo de supervivencia: no existe humanidad sana en ecosistemas degradados.
A esto debemos sumar una dimensión vital: nuestra salud mental. Tal como lo ha impulsado Wallace J. Nichols con su movimiento Blue Mind (Mente Azul), el agua es medicina para las personas. El océano actúa como un poderoso amortiguador del estrés crónico, induciendo estados de calma que mejoran la empatía y la convivencia comunitaria. El mar es, literal y figurativamente, infraestructura de salud pública.
Para el 2026, el llamado de las Naciones Unidas nos exige ir más allá de lo que conocemos. Necesitamos una alfabetización oceánica real en escuelas, universidades y hospitales. Esta visión tiene hoy un respaldo concreto en el Tratado de Alta Mar (BBNJ) con la clara señal de que protegiendo las aguas internacionales, que representan dos tercios del océano global, es garantizar la regulación climática, la despensa alimentaria y los recursos farmacéuticos del mañana. Chile tiene una gran oportunidad y responsabilidad de liderar este proceso, tras postularse Valparaíso como sede de la Secretaría de este histórico acuerdo.
Ha llegado el momento de acortar la distancia entre las personas y el mar, para dejar de ser beneficiarios pasivos y convertirnos en centinelas activos. Como bien lo señaló la oceanógrafa Sylvia Earle: “Sin azul, no hay verde”. Desde la trinchera sanitaria, añadimos una verdad ineludible: sin un océano saludable, no habrá personas saludables. Cuidar el elemento vital ya no es solo un acto de conservación ecológica; es la tarea más urgente que debemos cumplir para proteger a las generaciones presentes y futuras.
Por Paulina Larrondo Valderrama
Publicado originalmente en Radio Udechile







