Por primera vez en la historia, el Mundial de Fútbol 2026 ha hecho obligatorias las pausas de hidratación, una medida fisiológicamente necesaria ante el cambio climático, pero que esconde una trampa comercial. Estas pausas se implementaron en todos los partidos del torneo, independiente de las condiciones climáticas, la hora o la infraestructura del estadio, para proteger la salud de los deportistas ante el riesgo por temperaturas extremas.
Aunque es innegable que una buena hidratación favorece el rendimiento físico, regula la temperatura corporal y disminuye el riesgo de lesiones, esta medida se ha transformado en una de las vitrinas publicitarias más agresivas en la actualidad, reflejando la alta influencia que tiene la industria alimentaria en eventos deportivos masivos que deberían ser espacios protegidos para la promoción de hábitos saludables.
Durante las pausas de hidratación, lejos de ver a futbolistas bebiendo agua natural, se observa en su mayoría a jugadores que toman bebidas isotónicas: líquidos con alto contenido de azúcares, colorantes y sodio, envasados en botellas con logotipos de sus marcas. Esto se complementa con anuncios explícitos, durante todo el partido, de las marcas auspiciadoras del evento. Esta escena aparentemente inofensiva es un riesgo para la salud pública.
Los deportistas son referentes, especialmente para niños, niñas y adolescentes (NNA), grupo altamente vulnerable al marketing de alimentos. Ver a sus ídolos consumir estos productos, crea una peligrosa asociación cognitiva al vincular la vitalidad, el éxito deportivo y el alto rendimiento con la ingesta de líquidos ultraprocesados, moldeando sus preferencias y el consumo de alimentos desde la infancia.
En Chile, la Ley 20.869 sobre publicidad de alimentos prohíbe publicitar productos con sellos “alto en” dirigida a menores de 14 años, sin embargo, la norma contempla excepciones en eventos deportivos. En la práctica, cuando un niño o niña ve a jugadores como Messi, Vidal u otros consumiendo o promocionando una bebida ultraprocesada, incluso bebidas energéticas, ya sea durante el partido o en las pausas comerciales, la escena induce a la imitación de la conducta e impacta en los hábitos alimentarios, independientemente de si el producto es sin azúcar o si solo se exhibe su marca.
Este vacío legal no es solo una tensión chilena. La discusión legislativa internacional está avanzando en cuestionar el poder de las grandes corporaciones alimentarias y su injerencia a través del patrocinio de eventos deportivos. Las estrategias regulatorias a nivel global deberían avanzar hacia la restricción de todo tipo de publicidad de alimentos no saludables en estos contextos, incluyendo la publicidad de marca, así como la exigencia de que los productos visibles durante las actividades tengan un perfil nutricional adecuado, contribuyendo de esta forma a que estos espacios sean asociados como entornos saludables y protectores para la salud.
Mientras esta discusión continúa, es urgente proteger los ambientes alimentarios, los cuáles también están en la publicidad y los medios de comunicación. La evidencia es clara sobre la alta influencia del marketing en la promoción de alimentos de baja calidad nutricional y su efecto en la conducta alimentaria, especialmente de NNA. Por ello, es necesario devolver el valor a la promoción de la comida natural y nutritiva.
El agua sigue siendo la fuente de hidratación más saludable, segura, efectiva para la hidratación y universalmente disponible, sin los riesgos asociados a los líquidos artificiales, endulzados y ultraprocesados. Los futbolistas que NNA admiran tienen el poder de modelar conductas, pero ese poder no puede seguir teniendo incentivos comerciales. Permitir que la industria alimentaria mantenga su influencia en eventos deportivos da lugar para que productos no saludables continúen instalándose como alternativas socialmente valoradas, perjudicando la salud de NNA y de la población general.
Es fundamental consolidar políticas públicas que mejoren los ambientes alimentarios y que estén por sobre los intereses comerciales de las grandes industrias.
Por : Paulina Molina Carrasco y Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en ElDesconcierto
]]>En el marco del mes en que se celebra el día Mundial del Medio Ambiente, es muy importante dar cuenta del rol principal que posee el ser humano en el cuidado de este. Actualmente, las actividades humanas impulsan la degradación ecológica a través de la contaminación producida por la quema de combustibles fósiles en la producción de electricidad y el transporte.
A esto se suma la deforestación y la agricultura intensiva, que han dejado de lado los sistemas tradicionales de cultivo encargados de respetar los ciclos y rotaciones para mantener la integridad del suelo. Asimismo, la contaminación por plásticos y residuos derivados del uso de artículos desechables y productos alimentarios, junto con la sobreexplotación de recursos naturales como la minería y la pesca, han acelerado el deterioro global.
El ser humano es el principal causante de la crisis climática que hoy nos aqueja. Esta crisis, al provocar alteraciones severas en la temperatura, sequías prolongadas e inundaciones, afecta profundamente los procesos de cultivo, así como la producción de alimentos y materias primas. A raíz de esto, resulta imperioso abordar los sistemas de producción sostenibles directamente desde el diseño e implementación de las políticas públicas.
Sin embargo, ante un problema de magnitudes globales, la frustración puede inmovilizarnos. Por ello, resulta fundamental analizar el rol del consumidor en este escenario tan complejo. A veces, a problemas complejos corresponden soluciones bellamente simples; volver a la raíz es parte de la solución.
Analizar nuestro consumo implica evaluar el uso de artefactos digitales y vestimenta, pero son nuestros hábitos alimentarios los que están profundamente relacionados con la crisis climática. Cuando decidimos consumir bebidas embotelladas, acompañadas de alimentos empaquetados y con un nivel de procesamiento elevado, no solo dañamos la salud humana, sino también la estabilidad del medio ambiente. A veces, la respuesta es volver a la alimentación casera y a los sistemas de cultivo ancestrales.
La evidencia científica demuestra que los patrones alimentarios basados en alimentos frescos o mínimamente procesados generan un doble beneficio, protegiendo simultáneamente la salud humana y la sostenibilidad planetaria. Optar por frutas, verduras, legumbres y cereales integrales reduce drásticamente nuestra huella ambiental.
Asimismo, privilegiar productos locales y de temporada disminuye los costos ecológicos asociados al transporte. En este escenario, la cocina casera emerge como una herramienta política y ambiental revolucionaria, pues nos devuelve el control de los ingredientes, reduce los envases desechables y rescata el patrimonio cultural de nuestras comunidades.
No obstante, existe una verdad incómoda: las elecciones individuales son poderosas, pero insuficientes. Para transformar realmente el sistema agroalimentario se requieren políticas públicas urgentes que regulen las prácticas industriales perjudiciales, fomenten la agricultura ecológica y garanticen el acceso equitativo a alimentos saludables. Además, la educación ambiental y alimentaria debe ser un pilar institucionalizado desde la infancia.
La protección de la naturaleza no depende exclusivamente de macroacuerdos internacionales o de tecnologías de vanguardia; se construye varias veces al día frente a nuestro plato. Disminuir el desperdicio alimentario, reducir los ultraprocesados y valorar la cocina tradicional son acciones aparentemente pequeñas que, multiplicadas por millones de personas, tienen un impacto importante. Cada plato es un voto por el planeta que queremos construir. Lo que comemos no solo nutre nuestro cuerpo hoy; define la salud de los ecosistemas y la calidad de vida de las próximas generaciones.
Por Natalia Gómez San Carlos y Gerardo Weisstaub
Publicado originalmente en ElDesconcierto.cl
]]>Un estudio cualitativo desarrollado por investigadoras e investigadores del Grupo Transdisciplinario en Obesidad de Poblaciones (GTOP) de la Universidad de Chile analiza cómo adultos de distintos niveles socioeconómicos interactúan con el entorno alimentario digital, evidenciando profundas desigualdades en acceso, consumo e influencia del marketing, con implicancias clave para la salud pública y el diseño de políticas.
El Grupo Transdisciplinario para la investigación, docencia y extensión en Obesidad de Poblaciones (GTOP), publicó recientemente el artículo científico “Exploring Socioeconomic Disparities in Adults’ Interactions with the Digital Food Environment: A Qualitative Study”, que aporta nueva evidencia sobre cómo las desigualdades sociales se expresan en los entornos alimentarios digitales en Chile.
El estudio fue elaborado íntegramente por integrantes de GTOP —Paulina Molina Carrasco, Natalia Gómez San Carlos, Lorena Rodríguez Osiac, Daniel Egaña Rojas, Carolina Franch Maggiolo y Patricia Gálvez Espinoza— y se basa en 11 grupos focales realizados en la Región Metropolitana con 78 personas adultas de distintos contextos socioeconómicos.
La investigación fue publicada en Sage Journals, una reconocida plataforma digital de la editorial SAGE Publishing que reúne más de 1.000 revistas científicas revisadas por pares en áreas como ciencias sociales, salud, humanidades y ciencias de la vida, consolidándose como un espacio de difusión de investigación de alto impacto a nivel internacional.
Los resultados muestran que la interacción con el entorno alimentario digital es generalizada, pero presenta diferencias significativas según el nivel socioeconómico. En sectores de mayores ingresos, el uso de plataformas digitales para la compra de alimentos —incluyendo supermercados y servicios de delivery— forma parte de la vida cotidiana. En contraste, en sectores de menores ingresos, este uso es más esporádico y está condicionado principalmente por promociones, restricciones presupuestarias y apoyo de familiares más jóvenes. Esto último releva dinámicas intergeneracionales relevantes, donde personas jóvenes actúan como mediadoras en el uso de tecnologías digitales dentro del hogar, facilitando el acceso a plataformas de compra y configurando, en parte, las decisiones alimentarias familiares.
El análisis evidencia que el entorno alimentario digital opera simultáneamente como un espacio de acceso, consumo y diferenciación social, donde factores como la conectividad, la alfabetización digital y los recursos económicos determinan las posibilidades de interacción y elección alimentaria.
En Chile, donde la prevalencia de obesidad en población adulta alcanza un 42%, la expansión de estos entornos digitales adquiere una relevancia crítica, al influir en las decisiones de compra, los patrones de consumo y, en consecuencia, en la salud de la población.
Desigualdades digitales que impactan la alimentación y la salud
El estudio también identifica que el entorno alimentario digital no solo facilita el acceso y compra a alimentos, sino que funciona como un espacio de comunicación e influencia, donde la publicidad digital —principalmente de alimentos de baja calidad nutricional— tiene una presencia constante.
Se observa que las personas de nivel socioeconómico alto tienden a desarrollar una mayor capacidad crítica frente a estas estrategias de marketing, reconociendo el rol de los algoritmos y adoptando medidas para reducir su exposición, como el bloqueo de notificaciones. En cambio, en contextos de menores ingresos, la interacción con la publicidad digital es más pasiva y orientada a la búsqueda de beneficios económicos inmediatos, como descuentos o promociones.
Otro hallazgo clave es que las plataformas digitales tienden a concentrar la oferta en alimentos ultraprocesados y preparaciones de alta densidad energética, mientras que el acceso a opciones saludables aparece más limitado en contextos socioeconómicos bajos, lo que podría reforzar desigualdades en la calidad de la alimentación.
Estos resultados subrayan la necesidad de fortalecer el abordaje del entorno alimentario digital desde las políticas públicas, considerando medidas más estrictas para la regulación del marketing digital de alimentos, el desarrollo de estrategias de alfabetización digital en salud y la promoción de una mayor disponibilidad y visibilidad de alimentos saludables en plataformas digitales.
Cabe señalar que la publicación pudo ser financiada gracias a la convocatoria de “Financiación de publicaciones para estudiantes y jóvenes investigadores de Colansa (Comunidad de Práctica Latinoamérica y Caribe Nutrición y Salud), un grupo de profesionales y de organizaciones de la sociedad civil y de la academia que contribuye al desarrollo de sistemas alimentarios saludables, sustentables, equitativos e inclusivos y que promueve una mejor nutrición y salud de las poblaciones en Latinoamérica y el Caribe. Y además son parte de los resultados del Proyecto Fondecyt Regular 2023 “Practices and interactions of actors in food environments: Rethinking the social determination of food” (Proyecto #1230545).
Revisa aquí el artículo completo Exploring Socioeconomic Disparities in Adults’ Interactions with the Digital Food Environment: A Qualitative Study – Paulina Molina Carrasco, Natalia Gómez San Carlos, Lorena Rodríguez Osiac, Daniel Egaña Rojas, Carolina Franch Maggiolo, Patricia Gálvez Espinoza, 2026
Comunicaciones GTOP UChile
Publicado originalmente en: Noticias Uchile
]]>Esta semana se conmemoró el Día Nacional de la Salud Mental, una oportunidad para reflexionar sobre cómo cuidamos nuestro bienestar integral. La salud mental no depende solo de la ausencia de enfermedad: se construye a través de nuestras rutinas, la alimentación, el descanso, el movimiento y la manera en que nos relacionamos con el mundo, tanto físico como digital.
El ejercicio físico es un aliado clave. Al movernos, el cuerpo libera endorfinas, neurotransmisores que generan bienestar, calma y una sensación de placer. Además, el ejercicio permite liberar tensiones acumuladas, desconectarse de las exigencias laborales y fortalecer la musculatura, generando una percepción de autovalencia y mayor confianza en uno mismo.
La alimentación influye de manera directa en nuestro estado emocional. Los alimentos ultraprocesados, con sellos de advertencia o aditivos como colorantes, espesantes y emulsionantes, pueden alterar la microbiota intestinal, que desempeña un papel central en la regulación del ánimo y la cognición.
En contraste, una dieta basada en alimentos naturales -frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos- favorece una microbiota diversa y saludable, promoviendo posibles beneficios en la salud mental.
Dormir las horas adecuadas y respetar el ritmo circadiano es otro factor crucial. El descanso permite regular las hormonas del estrés y mejora la concentración, mientras que la vida moderna, con su ritmo acelerado y exceso de estímulos, tiende a normalizar el cansancio y la tensión constante.
El uso de redes sociales y el consumo frecuente de noticias negativas también tiene un impacto significativo. La exposición constante a conflictos en línea, discusiones polarizadas o información pesimista genera una visión centrada en los problemas, disminuyendo nuestra percepción de aspectos positivos de la vida. Limitar el tiempo frente a las pantallas y priorizar relaciones reales y constructivas contribuye a proteger la mente y reducir el estrés.
No es necesario comer perfecto, meditar largas horas o ejercitarse a diario. Los cambios pequeños y sostenidos en la rutina también generan resultados positivos. Subir escaleras en el metro, caminar unas cuadras antes del trabajo o incluir más legumbres en la dieta son pasos simples que, con constancia, repercuten de manera favorable en la salud mental.
A nivel social, es importante mejorar el ambiente alimentario mediante políticas públicas, fortalecer la calidad laboral incluyendo pausas activas y consolidar redes de apoyo comunitarias.
En un contexto donde la productividad se ha vuelto prioritaria, es esencial detenerse y reconocerse el derecho a la pausa. Moverse, alimentarse bien, descansar, desconectarse del ruido digital y cuidarse son acciones concretas que construyen bienestar y resiliencia. La salud mental se cultiva día a día, y cada pequeño paso suma en la construcción de una vida más equilibrada y saludable.
Por: Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en El desconcierto.cl
]]>Bajo el título: “Representaciones sociales de los cuerpos y obesidad”, la jornada contó con la apertura de Álvaro Besoain (Departamento de Kinesiología de la Universidad de Chile), quien destacó la importancia de poner en cuestión los ideales de perfección. “A veces parece que la química o el deporte vienen a negar los cuerpos diversos”, dijo el integrante de GTOP.

Enmarcado en el proyecto U-Redes de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo, el conversatorio realizado el 27 de agosto, planteó una revisión histórica sobre la valoración social de la gordura y la delgadez realizada por Natalia Gómez San Carlos (Departamento de Nutrición de la Universidad de Chile). En su intervención, la académica comentó que “hasta inicios del siglo XX, la gordura se asociaba al poder, la abundancia y la posibilidad de vivir sin carencia. Hoy, en cambio, el cuerpo gordo se convierte en objeto de juicio moral y biomédico”.
Asimismo, la integrante de GTOP advirtió que esta mirada reduccionista genera efectos adversos en la salud pública, relacionados con el acceso a prestaciones y adherencia a los tratamientos. “Este diagnóstico ha agobiado a las personas gordas, que muchas veces dejan de acudir a los servicios de salud por experiencias de discriminación y reduccionismo hacia su peso”, enfatizó.
Luego, José Miguel Labrin, Director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y también parte de GTOP, presentó a las panelistas para dar paso a la discusión de la mesa: Mónica Manrique, médica nutrióloga, coordinadora del Equipo Técnico Experto en Obesidad del Ministerio de Salud; Cecilia Prieto, investigadora postdoctoral en el Centro para la Prevención y Control del Cáncer (CECAN) y Rebeca Silva, académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.

Para iniciar la conversación, Mónica Manrique señaló que la obesidad debe entenderse como enfermedad crónica y multifactorial. En este sentido, manifestó que no basta con apelar a la fuerza de voluntad individual: “pedirle a una persona que baje de peso, diciéndole que coma menos o que haga más ejercicio, es una falta de respeto”, dijo. La Dra. Manrique agregó que este enfoque exige, además, educar a profesionales de la salud, pues “el estigma mayor lo imprime primero la familia y luego los propios equipos sanitarios”.
Por su parte, Cecilia Prieto abordó el tema desde su trabajo con niños y niñas diagnosticados con obesidad. Para ella, el estigma de peso “no es solo psicológico, sino estructural; se construye desde cómo se etiqueta a las personas, los estereotipos y la separación entre lo normal y lo anormal”, afirmó. Así, desde su experiencia, comentó que niños y niñas no se describen como obesos, ni con sobrepeso, sino que hablan de su apariencia; dicen: “quiero bajar de peso porque quiero encajar, porque me da vergüenza”.
Desde la perspectiva del uso de la ciudad, Rebeca Silva vinculó la corporalidad con el diseño de espacios públicos. “La verdadera normalidad nunca existió, la construimos. El desafío es diseñar espacios que reconozcan la multiplicidad de cuerpos que somos y seremos a lo largo de la vida”, comentó.
Además, criticó que las ciudades están pensadas para un cuerpo ideal, joven y productivo, mencionando que “lo que se define como promedio se convierte en norma, y todo lo que queda fuera aparece como problema”.

Luego de una amplia participación del público, que evidenció la necesidad de construir más encuentros de debate como éste, el conversatorio cerró con las palabras de Lorena Rodríguez-Osiac, Directora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile y coordinadora del GTOP. Rodríguez destacó la necesidad de superar las miradas reduccionistas y avanzar en espacios de diálogo y reflexión interdisciplinaria en busca de soluciones que apunten a transformar los entornos sociales, culturales y urbanos que condicionan la salud, la alimentación y la nutrición y la forma en que se valoran los cuerpos.
“La obesidad es un fenómeno biológico, social, cultural y político. Frente a esta complejidad, el índice de masa corporal o el peso, son herramientas insuficientes. Lo que está en juego no es solo la salud, sino también la dignidad y los derechos humanos”, concluyó.
Está jornada constituye un nuevo hito del Grupo Transdisciplinario para la Obesidad de Poblaciones en el marco del proyecto U-Redes para la consolidación, financiado por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile.
¿Te perdiste el conversatorio? Revisa el registro de audio del encuentro AQUI
Por: Comunicaciones GTOP
Publicado originalmente en: Noticias ESP
]]>Pensemos en una enfermedad sigilosa, que no da síntomas, pero que daña progresiva y lentamente el corazón, los riñones y el cerebro. Así actúa la hipertensión, esta asesina silenciosa que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta a uno de cada tres adultos a nivel mundial. La hipertensión arterial (HTA) daña arterias y órganos, provocando infartos, accidentes cerebrovasculares o falla renal. Además de ser una de las principales causas de muerte prematura a nivel mundial.
En Chile, muchas personas descubren que tienen HTA tras una consulta rutinaria o un “aviso” (infarto, dolores de cabeza reiterados o mareos). Los factores de riesgo más comunes son los hábitos de vida como el sedentarismo, la mala alimentación, el tabaquismo y el estrés.
Si bien, en nuestro país, el abordaje de la HTA está cubierto por el Plan ‘AUGE’ que garantiza el acceso oportuno a control y tratamiento de la enfermedad, la verdadera clave para reducir el impacto de la hipertensión está en prevenirla. La prevención requiere mucho más que cambios individuales: necesitan decisiones políticas, visión estructural y acción multisectorial.
La hipertensión arterial no solo acorta la esperanza de vida, sino también los años de vida saludable, afectando la calidad de vida de millones de personas. Por eso, la responsabilidad es compartida: desde los equipos de salud hasta quienes elaboran políticas públicas, debemos trabajar conjuntamente para concienciar y concentrarnos en la importancia de cómo fomentar su prevención.
La evidencia científica es clara y propone un enfoque de prevención basado principalmente en la modificación del estilo de vida como: mejorar la alimentación, aumentar la realización de ejercicio regular, controlar el peso corporal, evitar el tabaco y el alcohol, reducir el estrés, entre otros. Sin embargo, estos cambios individuales no son sostenibles si no están acompañados de políticas públicas que faciliten y promuevan entornos saludables para toda la población.
Por ejemplo, en Chile consumimos el doble de la sal recomendada por la OMS (5 gramos al día). Este alto consumo proviene tanto de la sal usada como ingrediente en la cocina habitual y de su “cómplice invisible”, los ultraprocesados (alimentos económicos, accesibles y adictivos). Junto a la realidad de muchos de no tener tiempo para cocinar, hace que el consumo de estos alimentos envasados gane con ventaja. Sin reflexionar que el ahorro de minutos hoy se podría traducir en pérdida de años de vida saludable futura.
Es así que la reducción de la ingesta de sal no depende solo de la voluntad individual, o de las legislaciones vigentes en etiquetados, sino también por ejemplo en promover incentivos a la producción y acceso a alimentos frescos.
Por supuesto, hay acciones individuales que ayudan, en este sentido, las recomendaciones actuales avalan que la adherencia a un patrón alimentario saludable puede disminuir significativamente la presión arterial. Pero, ¿cómo empezamos con los cambios? Por ejemplo, en la casa, reemplace el salero de mesa por limón, merkén u otras especias.
Planifique su rutina para evitar la compra de productos envasados y prefiera el consumo de alimentos frescos que encontramos en ferias libres (frutas, verduras, frutos secos). Camine 30 minutos al día, o realice algún tipo de ejercicio de su preferencia.
La hipertensión es un destino evitable. Es momento de exigir a los tomadores de decisiones sobre la urgencia de avanzar conjuntamente en enfoques preventivos multinivel, como el diseño de políticas públicas que mejoren el ambiente en cuanto a los factores predisponentes.
Desde un nivel individual, podemos realizar pequeños cambios en nuestros hábitos y empezar con un paso a la vez. Estos cambios sostenidos en el tiempo apoyados por políticas coherentes, pueden ser fundamentales en el cuidado de nuestra salud y bienestar.
Por: Natalia Gomez y Nicole Hidalgo
Publicado originalmente en El Desconcierto
]]>La escasez de agua no solo amenaza el abastecimiento de este recurso vital, sino que también tiene profundas implicancias en la producción de alimentos. Sin agua suficiente, la agricultura se ve gravemente afectada, lo que pone en riesgo la disponibilidad y el acceso a los alimentos, incrementando la inseguridad alimentaria. En este escenario, es urgente que el Estado y la sociedad, trabajen en la implementación de políticas públicas que protejan los recursos hídricos y fomenten sistemas de cultivo sustentables.
La gestión eficiente del agua en la agricultura es una estrategia clave para mitigar los efectos del cambio climático y la sequía. La adopción de tecnologías como el riego por goteo, el uso de cultivos más resistentes a la sequía y la recuperación de suelos degradados pueden marcar la diferencia en la producción sostenible de alimentos. Además, la diversificación de cultivos y la promoción de la agroecología permiten optimizar el uso del agua y reducir la dependencia de monocultivos intensivos en recursos hídricos.
Asimismo, es fundamental fortalecer la regulación y fiscalización del uso del agua, priorizando su acceso como un bien común. La inversión en infraestructura para la reutilización y desalinización del agua, junto con la protección de ecosistemas clave como glaciares y humedales, también deben ser parte de una estrategia integral para enfrentar la crisis hídrica.
Si no se toman medidas urgentes, el impacto en la seguridad alimentaria será devastador. La reducción en la producción agrícola provocará un alza en los precios de los alimentos, afectando con mayor fuerza a los sectores más vulnerables.
Chile se encuentra en un punto de inflexión. Es imperativo que se implementen políticas públicas robustas que garanticen la gestión sostenible del agua y promuevan sistemas producción sostenibles. Solo así podremos asegurar un futuro en el que el acceso al agua y a los alimentos no sea un privilegio, sino un derecho garantizado para todas y todos.
Por: Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en El Dinamo
]]>El gusto, como diría Pierre Bourdieu, no es meramente una cuestión de preferencia personal, sino un reflejo de nuestras estructuras sociales y culturales. En su obra “La Distinción”(1979), Bourdieu argumenta que nuestras elecciones, desde la moda hasta la comida, están profundamente influenciadas por nuestra clase social y el capital cultural. Esto se manifiesta claramente en la forma en que las familias moldean nuestras preferencias alimentarias desde una edad temprana.
Asimismo, Jesús Contreras (1993) posee interesantes exploraciones sobre las estructuras de los comportamientos que producen tradiciones específicas sobre qué comer, cómo preparar los alimentos y con quiénes consumirlos. Señalando que toda cocina requiere de sujetos específicos que la elaboren cotidianamente, transmitan y con ello, generen un gusto particular hacia determinados alimentos y/o preparaciones.
El hogar es el principal espacio de socialización para la mayoría de las personas, allí se definen, simbolizan, comunican y reproducen gran parte de los hábitos de vida. Platos que han pasado de generación en generación, como las carbonadas, charquicán, porotos con riendas, sopas y postres, no solo nos alimentan, sino que nutren nuestra identidad cultural.
En este sentido, la cocina como señala Levi-Strauss (1966) es un lenguaje, tal como lo es el gusto, que nos remiten a una historia colectiva y familiar que nos entrega coordenadas de pertenencia
No obstante, los estudios sobre las genealogías asociadas a las herencias culinarias y el gusto aun son escasas como campo de exploración y, más allá del sentido común expresado en la coloquial frase “la cocina de las abuelas”, es importante reconocer una recurrencia de aprendizajes sobre todo de los productos alimenticios y técnicas de preparación, para comprender el tipo de dinámicas que organizan los procesos asociados a las tradiciones, saberes y sabores de nuestras cocinas.
A nivel nacional, hay incipientes aproximaciones sobre lo importante que es conocer cómo, cuándo y con quienes se adquieren las prácticas alimentarias en los entornos domésticos, información esencial para que las recomendaciones, intervenciones o políticas públicas sobre alimentación sean coherentes, apropiadas y factibles, respetando la identidad y la cultura alimentaria de la población (Carolina Franch M. y cols, ver aquí).
Las personas mayores juegan un papel crucial en esta transmisión de saberes y sabores en las familias. La transmisión transgeneracional de los conocimientos culinarios sigue una clara línea femenina: desde la abuela materna, a la madre, a las hijas y de éstas a las nietas, consagrando una herencia que afilia personas y conocimientos.
Son las mujeres las agentes protagónicas de esas transferencias y quienes enseñan sobre la crianza y formas de organización, compra, recetas, datos y prácticas de cocina y desecho (a veces escritas en viejos cuadernos); como también sobre las aversiones y creencias sobre lo qué es saludable o no.
El estudio de Franch y cols. muestra que las transmisiones recibidas por las mujeres se dieron a través de la observación y de enseñanzas directas. El traspaso de roles en la cocina ocurre cuando la mujer mayor ya no puede cocinar, por cualquier causal externa (fallecimiento, enfermedad grave) o por la misma edad.
Observar las transmisiones culinarias nos convoca a comprender los vínculos entre afectividad y comida, puesto que la alimentación y más las transferencias de saberes asociadas a lo alimenticio, son instancias y un ejercicio que reúne cuerpos, memorias, personas y generaciones que renuevan una continuidad de elecciones y selecciones; y a su vez propician transformaciones que mantienen en el tiempo, esos platos y gustos que nos antecedieron y nos recuerdan quienes somos.
Los momentos de comida tienen el poder de unir a las personas y muchas veces estos momentos de comensalidad son a propósito de la visita o presencia de abuelos y abuelas. Dicen los estudiosos de las ciencias sociales que los árboles genealógicos son clave cuando se quiere profundizar sobre cocina tradicional, culinaria ancestral o la cocina de origen, pues registran en esa huella un recorrido-trayectoria del saber, mostrando su valor depositario.
En este día valoremos y celebremos esta herencia culinaria, reconociendo el papel que abuelos y abuelas juegan en la transmisión de estos saberes y sabores. Y permitámonos preguntarnos sobre esas recetas y platos, manteniendo una presencia viva, y conectarnos en el deleite actual de muchas de las preparaciones que nos constituyeron como familia.
Por: Natalia Gómez, Lorena Rodríguez-Osiac, Carolina Franch
Publicado originalmente en El Desconcierto
]]>Marzo es un mes complejo; el retorno al trabajo y a la rutina escolar para los cuidadores es una labor que suma estrés y sobrecarga en el día a día, impidiendo que podamos enfrentar de forma correcta algunos asuntos. La alimentación rápida, la falta de tiempo para cocinar y para hacer las compras, entre otros factores, están generando no solo problemas de salud mental y física, sino también están repercutiendo en una etapa fundamental de la vida de los más pequeños, la cual está siendo poco nutrida, en todos los aspectos que puede tener esta palabra, por lo tanto, es fundamental respirar, pensar y organizarnos para aprovechar el tiempo con calidad y cariño en nuestro hogar.
Tomar medidas que nos faciliten este regreso, como comprar colaciones listas para enviar a nuestros hijo/as, parece ser una solución práctica, pero puede estar contribuyendo a un consumo excesivo de calorías, grasas, colorantes y endulzantes, a los cuales no deberían estar expuestos los más pequeños. Como no es lo mismo enviar una colación a un preescolar que a un adolescente, es importante tener una guía de qué alimentos preferir como colación de acuerdo a la edad, especialmente si está, además, cumple con ser simple, saludable, económica, de fácil acceso y preparación.
Al respecto, hay que recordar que una colación es un alimento que se consume entre las comidas principales para mantener niveles óptimos de energía a lo largo del día. Esta debería cumplir con algunas características para que sea saludable: adecuarse a los requerimientos de energía del niño/a (Aportar entre 65 -150 calorías, lo que variará dependiendo de la edad y del nivel de actividad física), incorporar alimentos naturales y de buena calidad nutricional, evitar alimentos con sellos “alto en” y de preferencia, entregarse cuando el tiempo entre una comida principal y otra sea mayor a 3 o 4 horas.
Algunos ejemplos de alimentos a incluir en la colación para nuestros hijo/as:
Con estas opciones como base, se pueden hacer combinaciones de acuerdo a la edad y al nivel de actividad física. Hasta los 6 años, la colación debería ser sólo una de las opciones mencionadas anteriormente; desde los 6 y hasta los 10 años, puede combinar dos de las opciones, pero ajustando el tamaño de la porción a los requerimientos del niño/a; desde los 10 años, se puede introducir el sándwich como opción, el cual debe tener relleno saludable, evitando opciones como salame, paté, mermeladas y queso amarrillo; en adolescentes, se debería considerar una porción de cereal (como avena, sándwich), junto con un lácteo más una porción de fruta. Acompañar la colación con agua fresca (idealmente que lleven una botella desde la casa) siempre será la mejor opción para hidratarse a lo largo del día, especialmente en verano.
Como cuidadores, padres y madres, somos los principales responsables de escoger los alimentos para nuestros hijas/os que luego consumirán, por lo tanto, se debe velar por disponer mayoritariamente de opciones saludables y de involucrarlas/os en las tareas del hogar relacionadas con la alimentación, para así promover la instauración de hábitos de alimentación más saludables desde edades tempranas, sin olvidar que estos hábitos se potenciarán con la realización de ejercicio físico diario y con 8 a 10 horas de sueño.
Salgamos de lo común y volvamos a lo natural.
Por: Natalia Gómez San Carlos y Paulina Molina
Publicado originalmente en Diario Uchile
]]>Cuando hablamos de diabetes se debe entender que existen dos condiciones diferentes, la diabetes tipo I que en general aparece precozmente en la vida (infancia o adolescencia) siendo una condición tratable (con medicamentos, dieta y ejercicio), pero hasta ahora no prevenible. Este tipo corresponde a alrededor del 3 a 5% de todas las personas que tienen diabetes. Otra situación es la diabetes tipo II, condición asociada a la obesidad, que sí es prevenible con una dieta saludable y una vida activa. Esta diabetes generalmente se da en adultos, aunque cada vez más jóvenes y corresponde al 90%. En ambos casos, la glicemia (azúcar en la sangre) aumenta por sobre los niveles normales.
Las preguntas que queremos contribuir a responder son, por qué es importante controlar la diabetes y cómo prevenir la diabetes tipo II.
Actualmente, el número de personas que viven con diabetes en el mundo ha aumentado exponencialmente a más de 400 millones en los últimos 30 años, más de 60 millones están en la región de las Américas. No hay que olvidar que alrededor del 40% de las personas con diabetes desconoce su condición, por lo que estas cifras podrían ser aún mayores. Por otra parte, en nuestra región la diabetes es la sexta causa de muerte y la séptima causa de años de vida perdidos prematuramente. Las personas que viven con diabetes tienen más riesgo de enfermar gravemente y de morir por otras enfermedades, por ejemplo, la diabetes es causa de ceguera en adultos, se asocia a depresión, estrés y ansiedad y aumenta el riesgo de tener y fallecer por enfermedades cardiovasculares, enfermedad renal y cáncer; además de asociarse a cuadros más severos de Covid-19, todo lo anterior va de la mano con una disminución de la calidad de vida y mayor gasto en salud.
En Chile, la última Encuesta Nacional de Salud (ENS 2016-2017) mostró que la prevalencia de sospecha de diabetes en mayores de 15 años es de 12,3%, el triple de lo que se observó en 2003 (4.2% ENS). Se estima que sobre 2 millones de personas en Chile tienen diabetes, y la prevalencia va en aumento. Estas cifras se concentran en las poblaciones con menor nivel educacional y socioeconómico, al igual que la obesidad y el sedentarismo, dos factores de riesgo de diabetes, lo que debe una vez más, hacernos plantear las causas más profundas de estas condiciones y dejar de pensar que éste es sólo un tema de autocuidado. El Estado tiene una responsabilidad no sólo en que todas las personas afectadas tengan acceso a atención de salud, consejería y medicamentos, sino, debe prevenir, promoviendo un ambiente que favorezca la dieta sana y la práctica de ejercicio físico.
El documento de la OPS sobre mejores inversiones (costo eficaces y factibles) para abordar las enfermedades no transmisibles como la diabetes y la obesidad, recomienda a los gobiernos aplicar combinadamente un conjunto de medidas que favorezcan la alimentación más saludable, como aquellas que inducen la reformulación de alimentos para que disminuyan el contenido de nutrientes dañinos para la salud como la sal (sodio) y los azúcares, tales como el etiquetado frontal de advertencia y los impuestos a estos alimentos.
Así también, entre las mejores inversiones, se encuentra el favorecer el consumo de frutas, verduras, legumbres y pescados mediante subsidios a la producción y comercialización de estos productos; y promover que al menos ciertos ambientes, como establecimientos educacionales, de salud y de trabajo, sean saludables, tengan disponibilidad de estos alimentos cuyo consumo queremos promover y espacios que permitan la práctica de actividad física. En conjunto con estas medidas regulatorias, es importante limitar la publicidad de alimentos insanos y contar con campañas comunicacionales y programas educativos permanentes que promuevan las dietas sanas y el ejercicio físico.
Una buena asociación entre medidas gubernamentales que mejoren los ambientes cotidianos junto con estrategias comunicacionales y educativas masivas, otorgará al consumidor un ambiente que favorecerá una adecuada toma de decisiones, contribuyendo de esta forma a disminuir la obesidad, la dieta insana, el sedentarismo y por ende también la diabetes y otras enfermedades crónicas vinculadas a los estilos de vida, como las cardiovasculares y el cáncer, mejorando la calidad de vida de las personas.
Por: Lorena Rodríguez Osiac, Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en columnas Cooperativa
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