En el marco del mes en que se celebra el día Mundial del Medio Ambiente, es muy importante dar cuenta del rol principal que posee el ser humano en el cuidado de este. Actualmente, las actividades humanas impulsan la degradación ecológica a través de la contaminación producida por la quema de combustibles fósiles en la producción de electricidad y el transporte.
A esto se suma la deforestación y la agricultura intensiva, que han dejado de lado los sistemas tradicionales de cultivo encargados de respetar los ciclos y rotaciones para mantener la integridad del suelo. Asimismo, la contaminación por plásticos y residuos derivados del uso de artículos desechables y productos alimentarios, junto con la sobreexplotación de recursos naturales como la minería y la pesca, han acelerado el deterioro global.
El ser humano es el principal causante de la crisis climática que hoy nos aqueja. Esta crisis, al provocar alteraciones severas en la temperatura, sequías prolongadas e inundaciones, afecta profundamente los procesos de cultivo, así como la producción de alimentos y materias primas. A raíz de esto, resulta imperioso abordar los sistemas de producción sostenibles directamente desde el diseño e implementación de las políticas públicas.
Sin embargo, ante un problema de magnitudes globales, la frustración puede inmovilizarnos. Por ello, resulta fundamental analizar el rol del consumidor en este escenario tan complejo. A veces, a problemas complejos corresponden soluciones bellamente simples; volver a la raíz es parte de la solución.
Analizar nuestro consumo implica evaluar el uso de artefactos digitales y vestimenta, pero son nuestros hábitos alimentarios los que están profundamente relacionados con la crisis climática. Cuando decidimos consumir bebidas embotelladas, acompañadas de alimentos empaquetados y con un nivel de procesamiento elevado, no solo dañamos la salud humana, sino también la estabilidad del medio ambiente. A veces, la respuesta es volver a la alimentación casera y a los sistemas de cultivo ancestrales.
La evidencia científica demuestra que los patrones alimentarios basados en alimentos frescos o mínimamente procesados generan un doble beneficio, protegiendo simultáneamente la salud humana y la sostenibilidad planetaria. Optar por frutas, verduras, legumbres y cereales integrales reduce drásticamente nuestra huella ambiental.
Asimismo, privilegiar productos locales y de temporada disminuye los costos ecológicos asociados al transporte. En este escenario, la cocina casera emerge como una herramienta política y ambiental revolucionaria, pues nos devuelve el control de los ingredientes, reduce los envases desechables y rescata el patrimonio cultural de nuestras comunidades.
No obstante, existe una verdad incómoda: las elecciones individuales son poderosas, pero insuficientes. Para transformar realmente el sistema agroalimentario se requieren políticas públicas urgentes que regulen las prácticas industriales perjudiciales, fomenten la agricultura ecológica y garanticen el acceso equitativo a alimentos saludables. Además, la educación ambiental y alimentaria debe ser un pilar institucionalizado desde la infancia.
La protección de la naturaleza no depende exclusivamente de macroacuerdos internacionales o de tecnologías de vanguardia; se construye varias veces al día frente a nuestro plato. Disminuir el desperdicio alimentario, reducir los ultraprocesados y valorar la cocina tradicional son acciones aparentemente pequeñas que, multiplicadas por millones de personas, tienen un impacto importante. Cada plato es un voto por el planeta que queremos construir. Lo que comemos no solo nutre nuestro cuerpo hoy; define la salud de los ecosistemas y la calidad de vida de las próximas generaciones.
Por Natalia Gómez San Carlos y Gerardo Weisstaub
Publicado originalmente en ElDesconcierto.cl
]]>Desde el año 1970 se celebra el día de la Tierra, como un recordatorio de que este planeta es nuestro soporte vital en medio de un universo deslumbrante, pero a la vez hostil… Tanto así, que es tan intrigante como difícil buscar vida más allá de los linderos de nuestro pequeño hogar en el cosmos.
Las razones de este día las podemos encontrar en el último tercio del siglo pasado, cuando confluían movimientos por los derechos civiles, recados neomalthusianos de divulgación científica a un público ávido de conocimiento. En paralelo, la televisación de la guerra y de las hambrunas despertaron alarmas tales que motivaron la conmemoración de esta fecha, siendo así un precedente a la Cumbre de la Tierra de Estocolmo de 1972.
La necesidad de una fecha que nos recuerde que sólo tenemos un mundo sigue en pie, y pese a los avances en concientización ambiental, debemos resguardar nuestro soporte vital desde las grandes decisiones políticas hasta prácticas tan cotidianas como la alimentación.
Actualmente nuestra alimentación, desde la producción de los alimentos hasta su consumo y desecho, es una de las actividades humanas que más impactan al medio ambiente. Utiliza combustibles fósiles para la producción de agroquímicos, plásticos para envases o invernaderos, para mover maquinaria, procesar, refrigerar o transportar los alimentos.
Además, reemplaza ecosistemas naturales por cultivos artificiales, utiliza más del 70% del agua dulce del planeta y contamina cursos de aguas superficiales y profundas con agroquímicos. Todo esto pone en riesgo la biodiversidad por el uso de tóxicos y el reemplazo de ecosistemas naturales.
Y si de impacto se trata, es uno de los principales responsables responsable de la emisión de gases con efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles o la descomposición de la gran cantidad de desperdicios que produce, empeorando la crisis climática global y consecuentemente aumentado la inseguridad alimentaria.
Ante esta situación, pareciera ser que las acciones y reacciones institucionales, sin perjuicio de su oportunidad y pertinencia, no logran detener el problema, poniendo en cuestión la posibilidad de disponer de alimentos saludables y suficientes a quienes habitamos el planeta.
Quizá no podamos cambiar un mundo lleno de problemas, pero tampoco debemos dejarnos abatir por los problemas de este mundo y entregarnos a la desesperanza. Cada acción personal que tomemos, cada buena elección de qué y cómo comemos o de educar a nuestra comunidad puede ser un aporte.
Preferir alimentos producidos localmente y en la estación, ingredientes para cocinar en vez de procesados, alimentos no envasados sobre aquellos con envases de un solo uso, etc., son pequeñas medidas que pueden disminuir el impacto de nuestro sistema alimentarios sobre nuestra querida Tierra.
Por: Jorge Aranda y Gabriela Lankin
Publicado originalmente en El Desconcierto
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