Desde el año 1970 se celebra el día de la Tierra, como un recordatorio de que este planeta es nuestro soporte vital en medio de un universo deslumbrante, pero a la vez hostil… Tanto así, que es tan intrigante como difícil buscar vida más allá de los linderos de nuestro pequeño hogar en el cosmos.
Las razones de este día las podemos encontrar en el último tercio del siglo pasado, cuando confluían movimientos por los derechos civiles, recados neomalthusianos de divulgación científica a un público ávido de conocimiento. En paralelo, la televisación de la guerra y de las hambrunas despertaron alarmas tales que motivaron la conmemoración de esta fecha, siendo así un precedente a la Cumbre de la Tierra de Estocolmo de 1972.
La necesidad de una fecha que nos recuerde que sólo tenemos un mundo sigue en pie, y pese a los avances en concientización ambiental, debemos resguardar nuestro soporte vital desde las grandes decisiones políticas hasta prácticas tan cotidianas como la alimentación.
Actualmente nuestra alimentación, desde la producción de los alimentos hasta su consumo y desecho, es una de las actividades humanas que más impactan al medio ambiente. Utiliza combustibles fósiles para la producción de agroquímicos, plásticos para envases o invernaderos, para mover maquinaria, procesar, refrigerar o transportar los alimentos.
Además, reemplaza ecosistemas naturales por cultivos artificiales, utiliza más del 70% del agua dulce del planeta y contamina cursos de aguas superficiales y profundas con agroquímicos. Todo esto pone en riesgo la biodiversidad por el uso de tóxicos y el reemplazo de ecosistemas naturales.
Y si de impacto se trata, es uno de los principales responsables responsable de la emisión de gases con efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles o la descomposición de la gran cantidad de desperdicios que produce, empeorando la crisis climática global y consecuentemente aumentado la inseguridad alimentaria.
Ante esta situación, pareciera ser que las acciones y reacciones institucionales, sin perjuicio de su oportunidad y pertinencia, no logran detener el problema, poniendo en cuestión la posibilidad de disponer de alimentos saludables y suficientes a quienes habitamos el planeta.
Quizá no podamos cambiar un mundo lleno de problemas, pero tampoco debemos dejarnos abatir por los problemas de este mundo y entregarnos a la desesperanza. Cada acción personal que tomemos, cada buena elección de qué y cómo comemos o de educar a nuestra comunidad puede ser un aporte.
Preferir alimentos producidos localmente y en la estación, ingredientes para cocinar en vez de procesados, alimentos no envasados sobre aquellos con envases de un solo uso, etc., son pequeñas medidas que pueden disminuir el impacto de nuestro sistema alimentarios sobre nuestra querida Tierra.
Por: Jorge Aranda y Gabriela Lankin
Publicado originalmente en El Desconcierto
]]>El 28 de julio se conmemora en Chile el Día del Campesino, recordándonos cada año un importantísimo proceso que marcó la historia de nuestro país: la Reforma Agraria en 1967. Antes de la Reforma, aproximadamente el 80% del suelo agrícola estaba concentrado en 10 mil latifundios, equivalente a 7% de las explotaciones agrícolas. La concentración del campo en poquísimas familias significaba que miles de otras familias vivían en condiciones de marginalidad y pobreza, por no contar con suelo donde cultivar alimentos para su propio consumo y para la comercialización. La Reforma significó un profundo cambio para la agricultura en Chile y actualmente, cerca del 42% de los campesinos tienen predios de menos de 5 hectáreas y sólo 1% de 1000 o más.
Es este gran grupo de pequeños propietarios lo que conocemos como Agricultura Familiar Campesina e Indígena: una forma de organización para la producción agrícola basada principalmente en el trabajo del grupo familiar. Representa en Chile un segmento de gran significación social, económico, territorial y ambiental. Casi el 75% se localiza entre las regiones del Maule y Los Lagos, concentrándose sobre todo entre el Bío Bío y la Araucanía. En su conjunto, producen el 40% de los cultivos anuales: trigo y otros cereales, papas y legumbres; el 54% de las hortalizas: lechuga, tomate, acelgas, cilantro, zapallo y maíz; 23% de las frutas, 76% de la miel, 54% de la carne de vacuno y 42% de la de cordero. Es decir, nuestro pan y platos caseros como charquicán, cazuela, porotos granados, ensaladas y postre.
Además de alimentar a las grandes ciudades y la mayor parte de los pueblos del país, la agricultura familiar campesina e indígena juega un papel importante en la cohesión social y ha sido una puerta de entrada para la mujer a la fuerza laboral, ya que hoy muchos proyectos agrícolas son liderados por jefas de familia. Sumado a esto, es una importante fuente de empleos, ya que contrata el 33% de los asalariados agrícolas y cumple un rol fundamental al aportar a la mantención de paisajes bioculturales patrimoniales y las tradiciones culturales.
Desde el punto de vista ecológico también cumplen un papel crucial, ya que participan en el cuidado del suelo y el agua. Muchas prácticas utilizadas por ellos, como la fertilización con estiércol o abonos verdes, han enriquecido los suelos, aumentando su contenido de materia orgánica y, con ello, su capacidad de retener agua. Además, han traspasado por generaciones su sabiduría en el control de las plagas, enfermedades y malezas, mediante prácticas de manejo que promueven mecanismos de regulación biológica.
Los campesinos son fundamentales en la conservación de la agrobiodiversidad ¿dónde encontramos un tomate rojo, jugoso, dulce, aromático y sabroso, como los que nos describen nuestros abuelos, ese tomate que ha sido reemplazado en la agricultura industrial por el desabrido y poco agraciado tomate “largavida”? Probablemente en el campo de don Juan o en la chacra de doña María, campesinos anónimos de algún rincón desconocido de nuestro territorio. Recordemos que sólo en Chiloé existen más de 200 variedades de papas nativas, atesoradas durante siglos en pequeños campos familiares, y en la región de La Araucanía las comunidades Mapuche son las grandes guardadoras de centenares de variedades nativas de porotos, que los chilenos urbanos ni siquiera conocemos. Tristemente, en nuestra alimentación cotidiana incluimos apenas un puñado de tipos de tomate, papas o legumbres. Sin embargo, todas aquellas variedades olvidadas de estos cultivos, así como de muchos otros, son un tesoro patrimonial de infinito valor que ha perdurado gracias a la agricultura familiar campesina e indígena.
Por décadas, estos campesinos se han adaptado a ambientes cambiantes y su sabiduría ancestral y su vínculo con la naturaleza les ha permitido responder a las restricciones que han enfrentado a través del tiempo. Sus sistemas de cultivo tradicionales, junto con la amplia variedad de especies, los hace más resilientes a catástrofes naturales como pandemias, sequías, inundaciones o temperaturas extremas, asegurando la producción parcial o totalmente y con ello nuestra presente y futura seguridad alimentaria, jugando un rol clave al enfrentar las necesidades ambientales, sociales y económicas.
No hay duda de que el cambio climático también afectará a muchos campesinos, especialmente aquellos ubicados en zonas más vulnerables, como el norte del país o zonas de secano que dependen de la lluvia para el riego; además, debemos considerar que su promedio de edad es de 56 años. Es por esto que los grandes desafíos actuales para protegerlos pasan por generar las políticas públicas que les aseguren un adecuado acceso a los recursos hídricos y otros recursos naturales como el suelo, que actualmente está siendo amenazado por la conversión a suelos urbanos. También, las políticas deberían estar dirigidas a generar incentivos para conservar sus técnicas ancestrales y, con ello asegurar una producción sostenible. Y, por último, generar incentivos para retener a los jóvenes en el campo, ya que serán las próximas generaciones las encargadas de la soberanía y seguridad alimentaria de todos nosotros.
Por: Gabriela Lankin y Cecilia Baginsky,
Publicado originalmente en Uchile.cl
]]>Las algas son un alimento ancestral en países costeros como Japón, Indonesia, Filipinas y Chile; el cochayuyo, por ejemplo, forma parte de la dieta tradicional de comunidades costeras del país y desde la época precolombina se usaban como trueque. De hecho, en Monte Verde, Puerto Montt, se encuentra el registro del uso de algas más antiguo de Latinoamérica, con una data de 14.000 años.
Según FAO, cada año en el mundo se recogen unos 25 millones de toneladas de algas marinas, las que, además de usarse para consumo fresco, crudas, cocidas, horneadas, asadas, en polvo y en escabeche y en la industria gastronómica en forma de snacks, galletas o harinas, se han utilizado como complementos y suplementos nutricionales y como aditivos naturales. También, por su alto contenido en alginato, se usan en la industria de la cosmética y por su gran cantidad de minerales, en la industria de los fertilizantes.
Desde el punto de vista nutricional, las algas son ricas en vitaminas del complejo B, proteínas, fibra, omega 3, antioxidantes y minerales como yodo, hierro, calcio y magnesio; al mismo tiempo son bajas en calorías y grasas saturadas, lo que las convierte en un alimento muy saludable.
Numerosos estudios muestran que la ingesta de algas se asocia inversamente con el riesgo de cardiopatía isquémica, debido a su efecto reductor de los lípidos (triglicéridos y colesterol LDL) y a su efecto reductor de la presión arterial y de la circunferencia de cintura (obesidad), desempeñando un papel importante en la modulación de diversas enfermedades crónicas asociadas a estos factores de riesgo. También se les atribuyen propiedades antivirales y anticoagulantes, así como la capacidad de modular la salud intestinal (microbiota). Existe abundante bibliografía que destaca las propiedades anticancerígenas de los compuestos bioactivos marinos, tanto en modelos in vitro como in vivo, y se hace muy interesante la probable asociación inversa entre consumo de algas y algunos tipos de cáncer, aunque se necesitan estudios epidemiológicos para confirmar esta hipótesis.
Un desafío pendiente para el crecimiento del negocio de las algas como producto comestible es garantizar su inocuidad, ya que por ser Chile un país minero, las algas que crecen adheridas a sustratos como las rocas, suelen estar contaminadas con algunas cantidades diversas de metales pesados, lo que hace necesario su lavado profuso para conseguir su remoción.
El promedio mundial de consumo anual de productos del mar es de 20 kilos por persona y el chileno es de 16,8 kilos por persona. Por ello se celebró el convenio “Del Mar a tu Escuela», entre Junaeb y Subpesca, que llevará pescados, mariscos y algas, a escolares, y se espera que derive en efectos favorables para la pesca artesanal y la economía local. Sin embargo, son escasas las iniciativas que fomentan una mayor apreciación de las algas, la incorporación de prácticas ancestrales y el uso de las algas en la dieta chilena.
Desde el punto de vista ambiental, las algas son a los ecosistemas acuáticos, lo que los árboles a los terrestres: ambos son cruciales para la vida en el planeta, al cumplir roles fundamentales en los ecosistemas marinos. En Chile existen grandes extensiones de bosques formados por algas pardas que, gracias a su rápido crecimiento, alcanzan alturas de 15 metros en 1 a 3 años (los bosques terrestres tardan 20 a 30 años) constituyendo formaciones que pueden vivir muchos años.
Así como los bosques de árboles son cruciales para la vida terrestre, estos “bosques de algas” son cruciales para las comunidades acuáticas, entregando, a través de la fotosíntesis, la energía necesaria para sustentar cientos de especies de invertebrados y peces que las utilizan como alimento y refugio: cangrejos, erizos, caracoles y lapas se alimentan de ellas, atrayendo, a su vez, depredadores como el loco, estrellas de mar y peces. Estos últimos atraen peces más grandes y mamíferos como lobos marinos, chungungos, o a distintos tipos de aves marinas, las que utilizan estas praderas como áreas de alimentación.
Además, su estructura tridimensional ofrece refugio a peces e invertebrados acuáticos como la centolla y el ostión, que los usan como zonas de reclutamiento, desove, asentamiento larval y sitios de crianza, ya que los discos basales con que las algas se adhieren al fondo marino los protegen contra depredadores y corrientes de fondo marino. Cuando las hojas viejas se degradan, pasan a formar parte de la alimentación de invertebrados filtradores como choritos y otros bivalvos.
Estos ecosistemas son también fundamentales para resolver la crisis climática actual, ya que son las plantas con mayor crecimiento en el planeta, siendo capaces de secuestrar y absorber grandes cantidades de carbono inorgánico y, por lo tanto, amortiguan la acidificación oceánica. Aunque aún no se ha estudiado completamente, se piensa que su potencial de captura de carbono puede generar un impacto gigantesco en términos de mitigación y adaptación al cambio climático.
Lamentablemente, los bosques de algas del mundo se han visto extremadamente afectados por efectos del cambio climático, que ha elevado la temperatura de los océanos, y, en el caso de Chile, por la explotación indiscriminada para su consumo y para la extracción de alginato. La extracción, que antes consistía sólo en la recolección de algas que llegan a la orilla de forma natural, actualmente se hace también con prácticas ilegales como el “barreteo”, donde se arranca con una herramienta llamada barreta incluso el disco basal con que las algas se adhieren a la roca.
Esto equivale a sacar un árbol de raíz, impidiéndole regenerarse posteriormente y dejando verdaderos desiertos en el fondo marino, impactando a toda la comunidad de especies que viven asociadas a las algas. Esto incluye numerosas especies con roles fundamentales en los ecosistemas, destruyendo el equilibrio de las tramas tróficas y la biodiversidad y otras muchas que se capturan para el consumo humano, afectando las economías locales.
En los últimos años el interés económico por las algas ha ido en aumento, llegando a quintuplicar su precio y actualmente, más que por su rol ambiental, económico o social, se las aborda como un “recurso bentónico”, representando casi el 80% del volumen y el 21% del valor total de las exportaciones pesqueras, con mayor importancia comercial que los erizos, locos u otras especies emblemáticas. La extracción de algas ha reemplazado, a través del barreteo, que atenta contra la sostenibilidad de estos bosques, a la pesquería de especies sobreexplotadas o definitivamente colapsadas.
Desde el punto de vista social y económico, actualmente existen cerca de 74.063 recolectores de orilla, de los cuales 22.450 son mujeres, las que componen el 85% de la pesca artesanal del país, junto a armadores, pescadores y buzos. Nos encontramos en un cambio de paradigma, donde es urgente fortalecer estrategias económicas locales y sustentables en dirección a la protección y promoción de la autonomía económica, especialmente de las mujeres.
En este sentido, las algas marinas pueden ayudar a impulsar los medios de vida y cerrar la brecha de género desde la base de su cadena productiva: las recolectores de orilla. Por esto, una Nueva Ley de Pesca debiese velar por las principales demandas del sector: el reconocimiento de las algas como ecosistemas únicos, junto con incorporar a expertos en desarrollo bioeconómico y comité técnico-científico para recursos algales.
Lamentablemente, existe una brecha histórica entre ciencia y comunidad, y el conocimiento no llega cabalmente a toda la población. Entre la institucionalidad, tomadores de decisión, los territorios y academia podemos fortalecer la vinculación con el medio, la transferencia tecnológica, la producción local y el turismo sustentable según los principios de la salud y economía azul.
Las algas marinas pueden ayudar a impulsar la economía, abordar el cambio climático y contribuir a la salud de las personas. Para esto se requiere con urgencia agregar valor a este quehacer y a sus productos.
Por: Lorena Rodríguez Osiac, Gabriela Lankin Vega y Paulina Larrondo Valderrama
Publicado originalmente en Diario UChile
]]>Para responder a esto, Chile deberá generar cambios profundos en materia medio ambiental. El día 23 de mayo de este año llegamos al día del sobregiro ambiental, siendo una vez más, el primer país Latinoamericano que agota los recursos y servicios que brinda el planeta y que deberían durar el año completo. Este parámetro, que se mide desde los años ’70, ha evidenciado un aumento paulatino y acelerado de la brecha que existe entre lo que la Tierra es capaz de proveer y lo que usamos. Esto significa que a partir del 23 de mayo estamos generando una deuda ecológica: desde el 24 de mayo hasta el 31 de diciembre usaremos lo que no tenemos y esta deuda la deberán pagar las generaciones futuras que vivirán en un planeta degradado.
A través de nuestro estilo de vida, Chile y el resto de los países, especialmente los que llamamos “desarrollados”, estamos contribuyendo a la alteración de numerosos procesos o recursos de los ecosistemas de la Tierra, lo que se conoce como Cambio Global. Este cambio se mide a través de 9 límites planetarios y si se traspasa alguno de estos límites se provocarán daños irreversibles sobre dichos sistemas o recursos.
El más conocido, y que se ha convertido en estandarte de estos 9 límites, es la emisión de gases con efecto invernadero a la atmósfera, cuyo efecto es el cambio climático que estamos sufriendo en todo el mundo, en mayor o menor medida según nuestra capacidad de adaptarnos y resistir a estos cambios con tecnología. Los otros límites, que si bien no los tenemos tan identificados no son menos importantes, guardan relación con la pérdida de biodiversidad, el uso del suelo, el recurso hídrico, los ciclos biogeoquímicos, la acidificación de los océanos, la carga de partículas atmosféricas, el daño a la capa de ozono y las nuevas entidades o materiales/sustancias que existen por la actividad humana, como el plástico o plaguicidas sintéticos. Cuando se propuso esta manera de medir el cambio global en 2009 se habían sobrepasado tres límites. Tristemente, hoy ya hemos sobrepasado seis a nivel mundial.
La mega-sequía que se ha instalado en Chile por más de una década es una muestra clara y dramática de cómo nos ha afectado el cambio climático. En la Región de Coquimbo la falta del recurso hídrico ha hecho prácticamente desaparecer la producción de cereales, legumbres y ganado caprino y este año amenaza la producción de hortalizas de una de las zonas abastecedoras para el país de estos alimentos pertenecientes a la canasta básica familiar. El cambio climático también ha provocado un aumento en la frecuencia e intensidad de los ríos atmosféricos, provocando graves inundaciones, como la del año 2023 que causó la pérdida de gran parte de los cultivos de la Región del Maule, arriesgando con ello la seguridad y soberanía alimentaria. En relación a otro límite planetario, la existencia en el ambiente de nuevas sustancias, se evidencia por los plaguicidas que han sido detectada en el aguas de ríos de zonas agrícolas del Valle Central de Chile (Cachapoal, Ňuble, Itata, Traiguén, Chillán, Temuco y Rapel). Lo que también resulta muy alarmante, ya que existe evidencia que en la Región del Maule los plaguicidas presentes en el aire y en los alimentos, representan un grave peligro para la población, al generar trastornos de salud mental, cognitivos y reproductivos (nacimientos de niños con malformaciones congénitas, abortos espontáneos, y otros cambios en la salud reproductiva).
Otro material creado por el humano, el plástico, ha sido detectado en numerosos tejidos del organismo (testículos, placentas, cerebro, líquido amniótico y leche materna). ¿Cómo llegan estas partículas de plástico a nuestros cuerpos? estamos consumiendo, en promedio, 5 gramos a la semana por persona a través del agua y los alimentos. Esto equivale, en peso, a una tarjeta de crédito. Según la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, los efectos más graves que esto puede tener son la capacidad carcinogénica y disruptora del sistema endocrino, lo que se ha vinculado con trastornos reproductivos y del desarrollo, incluido cáncer de mama, inicio temprano de la pubertad, entre otros. Es tremendamente difícil pensar en un planeta Tierra actual sin plástico, ya que está presente de una u otra manera en todas las actividades humanas, nuestra ropa, equipos y herramientas utilizadas en la medicina, los envases de nuestros alimentos, etc. Por ejemplo, se ha estimado que actualmente en el mundo se producen un millón de botellas por minuto, ólo para envasar agua y que menos de un 15% del plástico utilizado en el mundo se recicla.
Podríamos mencionar infinitos ejemplos para cada límite, cómo seguimos transgrediéndolos y cómo sus efectos se nos devuelven amplificados, empeorando el bienestar planetario y de las personas. Es por eso que urge que tomemos conciencia y actuemos en relación a las pequeñas decisiones cotidianas -cómo nos trasladamos, alimentamos, calefaccionamos, si reciclamos, si aceptamos bolsas de plástico en nuestras compras- hasta grandes decisiones de gobernanza sobre políticas públicas relacionadas principalmente con el sistema alimentario, diseño de las ciudades, uso del suelo, transporte, protección de la biodiversidad, etc. Las actividades humanas en todos los ámbitos, desde el más cotidiano e insignificante, tienen impacto en los cambios globales y en la sostenibilidad del planeta y su efecto en la salud, el bienestar y la felicidad de las actuales y nuevas generaciones.
Por: Gabriela Lankin Vega, Cecilia Baginsky y Marcela Araya Bannout
Publicado originalmente en El Dinamo
]]>Aunque era usual que, hasta los ´80, cada invierno los ríos retomaban sus cauces inundando nuestro territorio, cuarenta años después esta intensa lluvia nos sorprende en un país con más personas, menos bosques, suelos degradados e impermeabilizados por ciudades que crecen incesantemente, con exceso de basura en los cursos de agua, entre otros factores que favorecen el desborde de los ríos.
Unos más que otros, estamos sufriendo los daños que causan este tipo de frentes: viviendas destruidas, cortes de agua, problemas sanitarios de diversa naturaleza, pérdida de cultivos agrícolas y por lo tanto riesgo para la seguridad alimentaria, entre varias consecuencias que tienen este tipo de lluvias. En paralelo, dramáticos incendios, olas de calor o de frio e inundaciones en otros lugares del planeta, nos recuerdan que el temido cambio climático ya está ocurriendo y que en parte la responsabilidad la tenemos los humanos por nuestras actividades y nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza y lo que ésta nos da, como nuestros alimentos cotidianos.
Acá es donde quería llegar…¿Cazuela y cambio climático?… Las cosas son más complejas de lo que podríamos pensar: la solución que tenemos por ahora para resolver el abastecimiento de las zonas inundadas es el traslado de parte de nuestros alimentos desde otras zonas no afectadas. Alimentos que deben viajar para llegar a nuestra mesa, junto con la producción de muchos insumos usados en la agricultura para su producción, como agroquímicos, plásticos para envases, riego e invernaderos, maquinaria agrícola, etc., no hacen sino aumentar la huella de carbono de nuestra dieta, favoreciendo el cambio climático y, por lo tanto, la ocurrencia de fenómenos climáticos como los ríos atmosféricos, que tanto daño están causando en este país acontecido. Nuestro largo y angosto país que, después de una mega sequía de 14 años que ha provocado devastadores incendios, paradojalmente recibe esta agüita con tanta esperanza y tanto miedo a la vez.
Es muy complejo y difícil de asimilar que algo tan vital y cotidiano pueda, al mismo tiempo, tener efectos dañinos tan graves sobre nuestra vida: como eje central de nuestro sistema alimentario, la agricultura es la responsable de la emisión de aproximadamente 30% de los gases con efecto invernadero de origen antrópico. La producción de los insumos mencionados, además del cambio de uso de suelo, las quemas, las talas, el tercio de los alimentos que se desperdician, la emisión de gas metano por la ganadería, etc., son algunos de los factores que más influyen en los desastres ambientales que estamos experimentando.
Entonces, aunque no sea tan evidente la relación que existe entre las inundaciones de junio/agosto y nuestra cazuela, una manera que tenemos como ciudadanos de ayudar a mitigar el cambio climático es cambiar la forma de alimentarnos: comamos menos carne y más legumbres, menos alimentos procesados o envasados y más alimentos frescos cocinados en casa, no botemos comida y compostemos nuestras sobras y basura orgánica, llevemos nuestras bolsas reciclables a las compras y evitemos los alimentos en bolsas plásticas, llenemos nuestra botella de agua, prefiramos alimentos locales y de la estación y produzcamos parte de nuestros alimentos. Además, exijamos a nuestras autoridades que diseñen políticas públicas que aseguren un menor impacto de nuestra comida sobre el planeta: por ejemplo, que haya trazabilidad en nuestros alimentos, de manera que podamos elegir educadamente aquellos producidos de manera local, de la estación y con menor uso de insumos dañinos. O que el estado promueva la producción nacional de legumbres, que alguna vez cubrió nuestros requerimientos, pero hoy sólo cubre un 10% de nuestra demanda. O que haya huertos en las escuelas, de modo que niñas y niños y la comunidad escolar aprenda a producir parte de sus alimentos como una actividad cotidiana. Frenemos el cambio climático antes de que sea demasiado tarde. Estos pequeños cambios, sumados, serán nuestro granito de arena.
Por: Gabriela Lankin Vega
Publicado originalmente en El Mostrador
]]>Para entendernos, definamos inocuidad alimentaria: un alimento inocuo no causa daños crónicos ni agudos a la salud; microbiológicamente, está libre de microorganismos patogénicos (ej., bacterias que causan tifus) o parásitos (ej., triquinosis en cerdo); químicamente, contiene niveles seguros o nulos de químicos carcinogénicos, mutagénicos o tóxicos (ej., insecticidas); físicamente, sin agentes que causan daño mecánico (ej. piedrecitas en lentejas). Esta condición debe cumplirse en todas las etapas de producción del alimento, procesamiento, almacenamiento, distribución y hasta el final de la cadena, en la preparación, consumo y desecho de residuos.
En este escenario ¿podríamos considerar inocuo un alimento que provoca la tala del bosque nativo y la reducción de la biodiversidad, emite gases con efecto invernadero, incidiendo en el cambio climático, y, en consecuencia, por falta o exceso de lluvias, provoca dramáticos problemas de inseguridad alimentaria, hambre y enfermedades, además de olas de calor, cada vez más frecuentes y severas? que además provoca la acumulación de sustancia químicas y plástico en ecosistemas y nuestro cuerpo.
Recientemente, una prestigiosa universidad determinó que, en promedio, cada persona ingiere un peso en microplásticos, equivalente a una tarjeta de crédito cada semana, principalmente por el agua y aún no se sabe que efectos puede tener en la salud ¿quién se tienta?
¿Se preguntarán de qué hablamos? lamentablemente, de nuestros alimentos cotidianos.
Nuestro sistema alimentario es uno de los principales motores de la severa crisis ambiental planetaria. Por ejemplo, 30% de CO2 de origen antrópico es emitido por la producción de alimentos en toda su cadena y menos del 10% de los plásticos usados en alimentación se reciclan; el resto termina en los océanos y otros ecosistemas ¿están sentados? en el mundo se produce un millón de botellas, solo de agua, por minuto. Así es. La producción de los alimentos agrícolas depende del uso de agroquímicos, cintas de riego, invernaderos plásticos o maquinaria movida por combustibles fósiles; se cosechan en cajas plásticas y viajan en camiones, que emiten gases con efecto invernadero, a centros de consumo. Muchos son procesados y terminan en envases, generalmente plásticos, en supermercados gratamente refrigerados e iluminados. Si es carne, además hubo emisiones de metano por parte de los animales o de aplicación de antibióticos como en salmones o cerdos…sume y siga.
¿No será hora de replantear la “inocuidad”, ampliando el alcance del efecto de los alimentos sobre nuestro bienestar?, después de dar una vuelta más larga, es decir, pasando por la salud del planeta; ¿puede considerarse verdaderamente inocuo un alimento que, para llegar a nuestro plato, deja una estela de daños que nos rebotan amplificados, comprometiendo nuestra calidad de vida, la de varias generaciones venideras y la del planeta que habitamos?
En este día de la inocuidad alimentaria tomemos conciencia y elijamos aquellos productos que tengan menor impacto sobre nuestra salud y nuestro ambiente: productos locales y de la estación, frescos, sin plásticos ni procesos, ojalá más vegetales que carne, e idealmente produzcamos parte de nuestros alimentos. Exijamos que el estado intervenga y se haga cargo de este dramático problema. Como ciudadanos tomemos decisiones informadas en relación con qué comer y eduquemos a nuestra comunidad y nuestros niños para que, colectivamente, disminuyamos el impacto de nuestra alimentación sobre la salud.
Tenemos sólo un cuerpo y sólo un planeta: tratémoslos con amor.
Por: Gabriela Lankin Vega
Publicado originalmente en diarioUchile
]]>¿Y por qué es tan importante que pensemos y hablemos sobre el agua? Todos y todas comemos…todos los días…varias veces al día… ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en las implicancias que tiene sobre el recurso hídrico, este “elemento vital”, disfrutar una jugosa manzana, una lechuga fresca o un delicioso pedazo de carne? Para empezar, ¿sabemos que el agua constituye aproximadamente 85, 97 y 70% del peso de estos alimentos, respectivamente?
¿Sabemos, por ejemplo, que sólo un 27% del agua dulce se utiliza en agua potable, industria, minería, sector pecuario y los sistemas de energía eléctrica y el 73% restante está destinado a la agricultura, es decir, a la producción de esta manzana, lechuga o carne?
Uno de los recursos claves para producir nuestros alimentos es el agua, pero ¿sabemos que en Chile los sistemas de riego de la mayoría de los cultivos no son lo suficientemente tecnificados y eficientes como para evitar pérdidas innecesarias de este recurso?, ¿y sabemos que esto se podría resolver, en gran parte, con una gestión adecuada del recurso hídrico?
Al momento de decidir qué comer, ¿tenemos consciencia que la producción de carnes tiene la mayor huella hídrica de estos tres alimentos? ¿al menos, hemos oído hablar de este concepto? ¿y sabemos que producir un kilo de legumbres, que aportan altos niveles de proteínas, usa solamente el 17% del agua utilizada para producir la misma cantidad de carne?
Para producir nuestros alimentos se requiere de numerosos insumos, tales como combustible, agroquímicos, plásticos, entre otros ¿somos conscientes que la fabricación y uso de estos insumos genera un tercio de las emisiones de gases con efecto invernadero (GEI) de origen antrópico?, ¿y que estos GEI son los principales motores del cambio climático, incluyendo un aumento de la temperatura del planeta y efectos muy negativos sobre el agua del planeta, como la megasequía que en Chile se ha extendido por más de 14 años? ¿y que, en este escenario de cambio climático, junto con la sequía en algunas regiones ha ocurrido exceso de lluvias en otras, generando lamentables desastres, como los que ocurrieron en San Pedro de Atacama?…y lo que es más grave ¿tenemos conciencia, que independientemente de dónde se emitan los GEI, las consecuencias de este cambio climático se sufren en todo el planeta, resultando en migraciones y desarraigo de refugiados ecológicos, deterioro y pérdida de ecosistemas y biodiversidad, así como el cambio forzado en uso de suelo, por la imposibilidad de seguir viviendo y produciendo en esos territorios?
Un ejemplo de esto es la lamentable pérdida de terreno cultivable en el secano costero de la zona central, donde ya no es posible sembrar lentejas y garbanzos por falta de lluvias. ¿Sabemos que, producto de esta situación, el 90% de estas legumbres son actualmente importadas, provocando pérdida de variedades locales y un empobrecimiento de nuestro valioso patrimonio genético de las leguminosas que solíamos disfrutar?, ¿y que, además, el viaje de estos alimentos genera GEI, aumentando su huella de carbono y contribuyendo al cambio climático?, ¿y que socialmente esto ha tenido un gran impacto sobre la agricultura familiar campesina, quienes han perdido sus fuentes de alimentación y sobrevivencia y toda una cultura y conocimiento que giraba en torno a estos cultivos?. Así de trascendente puede ser la falta de agua en una localidad…
En otros ámbitos de igual importancia, este año vimos con horror cómo los incendios en zonas forestales y urbanas (que cada vez ocurren con más frecuencia e intensidad) no pudieron ser controlados de manera oportuna, en parte, por la falta de agua y en parte por las altísimas temperaturas, ¿somos conscientes que esto también se debe al cambio climático?
Podríamos escribir mucho más sobre este preocupante tema. Por ejemplo, no hemos ni siquiera tocado la contaminación de nuestras aguas a través del vertido de residuos agroindustriales al suelo o cursos de agua, o el uso excesivo de agroquímicos (fertilizantes o plaguicidas) para la producción de nuestros alimentos, los que a través de las napas freáticas también terminan en los ríos y finalmente en los océanos ¿pensamos en esto cuando saboreamos una rica y jugosa manzana?
En estos tiempos de cambios planetarios nos enfrentamos, además, a enormes desafíos en términos del agua como derecho humano, cuyo acceso debe ser para todos ¿Sabías que Chile es uno de los pocos países en el mundo donde la gestión de las aguas es privada, y donde el lucro como objetivo, no garantiza el derecho universal al agua?, ¿sabías que hay localidades rurales, como Petorca, donde la gente ya no puede cultivar sus propios alimentos, porque no cuentan con agua para regar sus chacras, dificultando enormemente su subsistencia?
Tomar conciencia es el primer paso, pero ahora falta que todos los actores contribuyamos a un cambio positivo en el uso del agua, partiendo por nosotros, simples mortales constituidos por un 50-70% de agua, que nos comemos una manzana, una lechuga o un pedazo de carne a diario. Tomar las decisiones correctas en relación con nuestra manera de alimentarnos pasa por educarnos como sociedad y del compromiso de los Estados a través de políticas públicas que aseguren el cuidado de este recurso, sin el cual, no sólo no tendríamos alimentos, tampoco existiría la vida.
Por: Gabriela Lankin Vega Cecilia Baginsky, Marcela Araya Bannout
Publicado originalmente en DiarioUchile
]]>¿Incorporarían gusanos, moscas, grillos o escarabajos en sus comidas? Quizás si hiciéramos una encuesta la respuesta que lideraría las preferencias sería un rotundo no. Sin embargo, el consumo de insectos es una opción cada vez más aceptada en el mundo. Así lo demuestra una disposición de la Unión Europea que a mediados de enero autorizó el consumo humano de larvas de gusano en polvo (congeladas, en pasta y deshidratadas), y grillos en polvo parcialmente desgrasado.
Consultados por este tema, especialistas de la U. de Chile comentan que la entomofagia, o consumo de artrópodos, particularmente insectos, es una práctica común en muchos países de Oriente y Asia, y que si bien en América es menos frecuente encontrar culturas que consumen insectos, hay países que sí lo hacen.
“México es, sin duda, uno de los países latinoamericanos que mejor ha incorporado esta costumbre en su alimentación diaria y es frecuente ver cómo los famosos chapulines (saltamontes) se venden como snack en la vía pública o se consumen en platillos preparados en restaurantes. Algunos pueblos de Perú, Brasil y Bolivia también consumen insectos o larvas de insectos, aunque esta práctica no es popular en la población general”, señala Nicolás Tobar, ingeniero en Biotecnología Molecular, doctor en Nutrición y Alimentos y académico de la Unidad de Nutrición Básica del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile (INTA) de la U. de Chile.
Gabriela Lankin, profesora de la Facultad de Ciencias Agronómicas e integrante del Grupo Transdisciplinario para la Obesidad de Poblaciones (GTOP) de la Universidad de Chile,plantea por su parte que los insectos “pertenecen al reino animal y son tan animales como una vaca, un cordero o un pollo. Por lo tanto, sus proteínas son equivalentes a las de origen animal. Se ha propuesto que serían una fuente alternativa de proteínas debido a todas las desventajas que tiene la producción de los animales típicos que consumimos”.
Son múltiples los motivos que deberían llevarnos a incorporar este tipo de alimentos a nuestra dieta, según explican los especialistas. Por una parte, existirían razones económicas, dado que producirlos tiene un menor costo comparado con la producción ganadera. Asimismo, habría razones medioambientales y nutricionales que “nos pueden ayudar a entender la importancia que tiene y tendrá en un futuro esta fuente de alimentación”, dice el profesor Tobar.
“La producción de un kilo de insectos es mucho más barata que la producción de un kilo de carne tradicional. Esta comparación es relevante, pues se ha determinado que los insectos (adultos o larvas) son animales ricos en proteína, lo cual podría ayudar a enriquecer muchos productos en un macronutriente (proteínas) de alto costo y de gran importancia nutricional”, explica el académico. Respecto al contenido de grasa, los análisis practicados a algunos tipos de insectos (gusano de la harina, grillos y algunos escarabajos), “muestran que su composición presenta ácidos grasos potencialmente menos dañinos que las grasas saturadas de la carne tradicional y, además, tienen un comportamiento térmico similar a los aceites vegetales, lo que los hace más atractivos para su uso industrial”.
La profesora Lankin agrega, asimismo, que “es mucho más fácil criar insectos y tienen ciclos bastante rápidos y ocupan poco espacio”. Añade, por otra parte, que los insectos “tienen nutrientes muy equivalentes, de muy buena calidad, comparados con los que aporta la proteína animal”. Otra ventaja, dice la especialista, es que la crianza de los insectos “tiene muy poco impacto en el medio ambiente (…) Está la crianza artificial de insectos de forma masiva para convertirlos en harina, que se puede usar como suplemento en cualquier tipo de alimentos, o hay algunas culturas como la china o la mexicana en las que se comen los insectos vivos enteros, salteados en aceite, con sal”.
La académica sostiene, además, que estos “no transmiten enfermedades a humanos como, por ejemplo, las vacas locas o la gripe aviar. Pero como los insectos son diferentes se supone que no comparten las mismas enfermedades, por lo tanto, es mucho más seguro”. El profesor Tobar, en tanto, complementa que esta “producción no solo es más barata y su consumo potencialmente saludable, sino también mucho más amigable con el ambiente. La producción de insectos (por kg) requiere menos consumo de agua, genera menos Gases de Efecto Invernadero (uno de los responsables del calentamiento global) y requiere de mucho menos espacio, lo que evita la conversión de suelo para la explotación ganadera, un factor que ha sido impulsado por la alta demanda de carne derivada del crecimiento de la población mundial”.
Los especialistas recalcan que si bien para nosotros, en occidente, puede sonar sorprendente el consumo de gusanos o insectos, hay culturas que ya lo aplican. A esto se suman proyecciones sobre el impacto del calentamiento global en la reducción de la capacidad de producir alimentos, lo que conduciría a una crisis alimentaria que puede transformar el consumo de insectos en una acción más bien habitual. “Sin duda, en el futuro será necesario y posible comer distintos productos y/o platillos a base de insectos”, afirma el profesor Tobar.
En esta línea, Tomislav Curkovic, académico de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la U. de Chile, no descarta que ante una eventual falta de alimentos tengamos que recurrir a insectos e incluirlos en nuestra dieta de diversas formas. “Evidentemente que ante los riesgos de una crisis alimentaria, que se pueda proyectar, no me cabe la menor duda que esto va a tener que tomar un desarrollo que los terminará incluyendo, lo que probablemente va a requerir investigación”, sostiene.
Advierte, asimismo, que hoy ya los tenemos incluidos, aunque no lo sepamos. “La verdad es que el consumo de insectos o artrópodos es algo habitual en nuestra dieta. Sin ir más lejos, comemos jaibas y todo tipo de crustáceos, que son parientes de los insectos. En el mundo, los insectos son una fuente de alimentación frecuente en muchas culturas, desde hace siglos, pero tal vez en la cultura chilena hay un cierto rechazo al consumo de insectos en particular”.
Las investigaciones que permitan conocer su composición y características nutricionales, junto con la socialización de esta práctica, dice el académico del INTA, “permitirán que, así como hemos incorporado otras prácticas culinarias a nuestra dieta, los insectos serán parte importante de la nutrición del futuro, en donde la proteína animal tradicional tendrá cada vez un costo más elevado, en lo monetario y medioambiental. Sin duda, el cultivo de insectos puede colaborar a la nutrición de países pobres que aún tienen altas tasas de desnutrición infantil, pero también ayudar a diversificar y mejorar la dieta de la población chilena”.
Por: Maritza Tapia, Prensa Uchile
Publicado originalmente en Prensa Uchile
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