Aunque era usual que, hasta los ´80, cada invierno los ríos retomaban sus cauces inundando nuestro territorio, cuarenta años después esta intensa lluvia nos sorprende en un país con más personas, menos bosques, suelos degradados e impermeabilizados por ciudades que crecen incesantemente, con exceso de basura en los cursos de agua, entre otros factores que favorecen el desborde de los ríos.
Unos más que otros, estamos sufriendo los daños que causan este tipo de frentes: viviendas destruidas, cortes de agua, problemas sanitarios de diversa naturaleza, pérdida de cultivos agrícolas y por lo tanto riesgo para la seguridad alimentaria, entre varias consecuencias que tienen este tipo de lluvias. En paralelo, dramáticos incendios, olas de calor o de frio e inundaciones en otros lugares del planeta, nos recuerdan que el temido cambio climático ya está ocurriendo y que en parte la responsabilidad la tenemos los humanos por nuestras actividades y nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza y lo que ésta nos da, como nuestros alimentos cotidianos.
Acá es donde quería llegar…¿Cazuela y cambio climático?… Las cosas son más complejas de lo que podríamos pensar: la solución que tenemos por ahora para resolver el abastecimiento de las zonas inundadas es el traslado de parte de nuestros alimentos desde otras zonas no afectadas. Alimentos que deben viajar para llegar a nuestra mesa, junto con la producción de muchos insumos usados en la agricultura para su producción, como agroquímicos, plásticos para envases, riego e invernaderos, maquinaria agrícola, etc., no hacen sino aumentar la huella de carbono de nuestra dieta, favoreciendo el cambio climático y, por lo tanto, la ocurrencia de fenómenos climáticos como los ríos atmosféricos, que tanto daño están causando en este país acontecido. Nuestro largo y angosto país que, después de una mega sequía de 14 años que ha provocado devastadores incendios, paradojalmente recibe esta agüita con tanta esperanza y tanto miedo a la vez.
Es muy complejo y difícil de asimilar que algo tan vital y cotidiano pueda, al mismo tiempo, tener efectos dañinos tan graves sobre nuestra vida: como eje central de nuestro sistema alimentario, la agricultura es la responsable de la emisión de aproximadamente 30% de los gases con efecto invernadero de origen antrópico. La producción de los insumos mencionados, además del cambio de uso de suelo, las quemas, las talas, el tercio de los alimentos que se desperdician, la emisión de gas metano por la ganadería, etc., son algunos de los factores que más influyen en los desastres ambientales que estamos experimentando.
Entonces, aunque no sea tan evidente la relación que existe entre las inundaciones de junio/agosto y nuestra cazuela, una manera que tenemos como ciudadanos de ayudar a mitigar el cambio climático es cambiar la forma de alimentarnos: comamos menos carne y más legumbres, menos alimentos procesados o envasados y más alimentos frescos cocinados en casa, no botemos comida y compostemos nuestras sobras y basura orgánica, llevemos nuestras bolsas reciclables a las compras y evitemos los alimentos en bolsas plásticas, llenemos nuestra botella de agua, prefiramos alimentos locales y de la estación y produzcamos parte de nuestros alimentos. Además, exijamos a nuestras autoridades que diseñen políticas públicas que aseguren un menor impacto de nuestra comida sobre el planeta: por ejemplo, que haya trazabilidad en nuestros alimentos, de manera que podamos elegir educadamente aquellos producidos de manera local, de la estación y con menor uso de insumos dañinos. O que el estado promueva la producción nacional de legumbres, que alguna vez cubrió nuestros requerimientos, pero hoy sólo cubre un 10% de nuestra demanda. O que haya huertos en las escuelas, de modo que niñas y niños y la comunidad escolar aprenda a producir parte de sus alimentos como una actividad cotidiana. Frenemos el cambio climático antes de que sea demasiado tarde. Estos pequeños cambios, sumados, serán nuestro granito de arena.
Por: Gabriela Lankin Vega
Publicado originalmente en El Mostrador
]]>La emergencia meteorológica que afectó a la zona centro y sur del país no solo dejó una emergencia habitacional en diferentes comunas, sino que también significó problemas en la agricultura en y la comercialización de este tipo de productos, algunos de los cuales registraron alza en sus precios. Este fin de semana, específicamente, se vio un alza en el valor de las papas de hasta un 35%, aunque -según el mismo ministro de Agricultura, Esteban Valenzuela- este caso en particular se debe mayormente a la especulación.
La académica de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, Cecilia Baginsky, explica que “respecto a las papas, el alza no debería ser tal. Primero, porque la producción de papas ya fue en la zona sur y las papas que nosotros tenemos en la zona central vienen de la zona sur, que son papas de guarda. Y en la zona sur, hablamos de la Región de la Araucanía, la Región de Los Lagos, un poco más al sur, ha habido lluvias, pero no en términos de estas tragedias que hubo en la región del Biobío o en la Región del Maule, entonces no deberíamos tener problemas con las papas”.
“En la zona central, lo que nosotros consumimos es papa que viene del sur y hay algunos agricultores que han plantado papas y que la cosecha es normalmente entre finales de abril, mayo, entonces tampoco debiera haber problemas”, asegura la profesora Baginsky.
El académico del Departamento de Gestión e Innovación Rural de la Facultad de Ciencias Agronómicas, Marcos Mora, afirma que “cuando se producen estos procesos de catástrofes de diversa índole y se genera desabastecimiento en los mercados, es efectivo que hay comercializadores que aprovechan estos instantes para especular y cobrar un margen superior”.
“Acá se le ha tratado de echar la culpa a los productores, pero lo cierto es que los productores en general no comercializan, así que yo, desde ese punto de vista, si hay algún proceso de especulación viene netamente del comercializador”, sostiene. Por otra parte, advierte, “si me preguntas por especulación de otras hortalizas, es probable que se vean afectadas indirectamente porque van a faltar hortalizas, sin duda que van a faltar hortalizas, y probablemente exista un cierto margen de especulación que es lamentable, profundamente lamentable que se presente, dada la situación de crisis que se está viviendo dentro de la sociedad producto de una catástrofe climática”.
“Igual habrá aumentos de precios, los que hay que ver con detención, porque dependiendo de la fruta o la hortaliza que se trate habrá que hacer un análisis más detallado. Pero es evidente que al haber menos disponibilidad de productos, sobre todo los que se producen acá en la zona central, existirá un efecto asociado a un alza de precios, aun cuando tenemos el abastecimiento que viene de zonas donde no habrían problemas climáticos”, agrega.
Para este invierno, además, se prevén lluvias intensas debido a la presencia del fenómeno de El Niño. Es por eso que las autoridades se han enfocado en trabajar en distintas líneas de acción, como -por ejemplo- un Visualizador de Emergencia Agrícola, herramienta que contiene imágenes satelitales que permitirán catastrar las zonas afectadas por las inundaciones, detectando variaciones en las cajas de los ríos y los daños en los cultivos agrícolas.
Pero no es lo único que podría afectar al área agrícola tras el paso de este sistema frontal. Según eldecano de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, Gabino Reginato, tras las inundaciones, el mayor problema que enfrenta la zona es “en infraestructura de riego, como embancamiento de canales, ruptura de bocatomas y canales, estropeo de instalaciones, etc. Esta situación no es crítica en el corto plazo, pero deben repararse antes de la próxima temporada de riego, es decir, para la próxima primavera debería estar todo solucionado”.
Sobre el impacto de la crisis climática en la agricultura, la académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, María Victoria Soto, añade que respecto a “estos eventos extremos en las áreas peri urbanas y en aquellas netamente rurales, debe haber una política de protección de las áreas productivas silvoagropecuarias, sobre todo de los terrenos productores de alimentos. Esto implica realizar el catastro y mapeo a escala local de las riberas susceptibles de ser inundables y realizar las obras de mitigación y de defensa fluvial”.
“Sin embargo, durante las mayores crecidas fluviales ocurre otro proceso dinámico, que es la erosión basal de las riberas, el desmoronamiento del terreno y la pérdida total del recurso suelo, que es un recurso natural no renovable a escala humana. Las pérdidas de terrenos pueden traducirse en enormes superficies de hectáreas productivas, como también de bienes públicos y privados. Este enfoque del tema, de los impactos de las crecidas fluviales, no ha sido aún considerado como tema de política pública o de gobernanza de los territorios rurales silvoagropecuarios”, advierte la profesora Soto
Por: Ma. Fca. Maldonado Wilson
Publicado originalmente en Noticias UChile
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