Los DCS se definen como los sistemas, prácticas y vías a través de los cuales los actores comerciales influyen en la salud humana, la salud planetaria y la equidad. Es fundamental comprender esta categoría de forma analítica y no necesariamente oposicional. La actividad comercial es un motor esencial de la economía, proveedora de bienes, servicios, empleo e innovación. Sin embargo, al igual que cualquier actor que opera en sociedad, las empresas persiguen objetivos legítimos de crecimiento y rentabilidad que, en ocasiones, pueden entrar en tensión con los objetivos de salud pública. Reconocer esta dinámica es un paso necesario para transitar desde la confrontación hacia una gobernanza coherente, donde la actividad económica y la protección de la salud puedan convivir mediante un marco normativo claro.
Esta disputa permite observar la doble naturaleza de las regulaciones alimentarias: su componente estructural y su faceta individual. Por un lado, las medidas de etiquetado y restricción publicitaria poseen un carácter estructural, ya que actúan directamente sobre el “entorno alimentario”. Las personas no toman decisiones en el vacío; su consumo está condicionado por la disponibilidad, el precio, la publicidad, la información, y el diseño de los productos. Cuando el Estado regula este entorno mediante sellos o impuestos, está ejerciendo su capacidad regulatoria para equilibrar las condiciones en las que se desarrolla la vida de las personas, procurando que este entorno favorezca las decisiones más saludables y no derive en resultados sanitarios adversos. Por otro lado, estas herramientas operan a nivel individual al proporcionar información clara y veraz para la toma de decisiones de compra y consumo. En un mercado saturado de estímulos, la advertencia sanitaria cumple una función informativa clave: dota al ciudadano de un insumo claro para ejercer su autonomía y preferir alternativas alineadas con las guías alimentarias. Por tanto, la controversia sobre la frase “evita su consumo” no debería reducirse a una disputa semántica, sino entenderse como parte de un desafío mayor: cómo garantizar que los consumidores reciban información adecuada, sencilla y oportuna en un mercado que se encuentra en permanente expansión.
La literatura internacional sugiere que el papel del Estado no es eliminar productos, sino diseñar un sistema con reglas claras. La asimetría de poder entre las grandes corporaciones y los organismos públicos -visible a través de estrategias como el cabildeo, el litigio estratégico o la producción de evidencia científica propia- es un factor que se debe considerar al evaluar políticas. La legitimidad de las empresas para cuestionar actos administrativos es un derecho en el marco del Estado de derecho; no obstante, el interés público exige que el Estado mantenga capacidades regulatorias robustas, decisiones fundamentadas técnica y empíricamente, y la capacidad de resguardar la salud colectiva como una prioridad inalienable.
Construir una salud pública eficaz requiere, en última instancia, superar la dicotomía entre la responsabilidad individual y el rol del Estado. Si bien nuestras elecciones personales son determinantes, las condiciones en las que estas elecciones se realizan son, innegablemente, un elemento central. El desafío actual es avanzar hacia un sistema próspero que integre la protección de la salud y el bienestar de la población como un pilar del desarrollo.
Por : Lorena Rodríguez-Osiac y Patricia Gálvez
Publicado originalmente en Cooperativa
]]>La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener la lactancia materna hasta, al menos, los dos años de vida, complementándola con otros alimentos desde los seis meses. Ninguna sociedad científica relevante contradice esa recomendación. Aun así, muchas mujeres relatan que son cuestionadas por amamantar más allá del primer año.
Parte de ese cuestionamiento proviene de prejuicios sociales, estigmas o creencias como que la lactancia prolongada genera caries o de malposiciones dentarias, que dificulta el desarrollo de la autonomía infantil, que responde más a necesidades emocionales de la madre que del niño e incluso, que la consideran como una práctica moralmente sancionable dada la sexualización del pecho femenino.
Ampliar esta perspectiva significa preguntarnos por el criterio a partir del cual un profesional de la salud podría recomendar el abandono de una práctica ampliamente beneficiosa para la salud general del niño o niña e incluso de la madre, como factor protector frente al desarrollo de cáncer mamario.
Los profesionales de la salud solemos formular recomendaciones desde nuestra propia disciplina y, por lo general, estas son compatibles con la salud integral. Sin embargo, cuando una recomendación entra en tensión con el bienestar biopsicosocial de una persona, el criterio no puede ser defender el territorio de la propia especialidad. La boca no es un compartimento aislado del resto del cuerpo, ni lo es ningún otro órgano.
Tampoco la salud mental puede separarse del bienestar del organismo. Ampliar la mirada significa reconocer que la lactancia protege de infecciones, promueve la salud metabólica de la madre y del niño o la niña, fortalece el vínculo entre madre e hijo o hija y, cuando es deseada, cuida la salud mental de ambos.
La primera perspectiva invita a comprender la lactancia como parte de la salud integral del niño o la niña. La segunda exige ampliar el foco hacia quienes la hacen posible.
Con frecuencia se afirma que la lactancia materna es gratis. Esto es un recurso sencillo y útil para promoverla, pero invisibiliza un aspecto fundamental: las labores de cuidado, ejercidas mayoritariamente por mujeres, han sido históricamente subvaloradas. Amamantar tiene un costo real, cuantificable en tiempo, salud mental, oportunidades laborales postergadas, sueño interrumpido y trabajo no remunerado.
Reconocer ese costo es el primer paso; el siguiente es actuar en consecuencia. Apoyar la lactancia no consiste en insistir a las madres en que amamanten, sino en respetar las decisiones que ellas toman y ofrecerles condiciones concretas y apropiadas para que esas decisiones puedan sostenerse: permisos laborales adecuados, salas de lactancia, redes de apoyo y una distribución más justa de las demás responsabilidades del hogar y del cuidado. De lo contrario, una recomendación de salud pública termina convirtiéndose, en la práctica, en una exigencia dirigida individualmente a cada mujer.
La ampliación de la mirada no se limita a la relación entre madre e hijo o entre madre e hija, sino que abarca un contexto más amplio.
El enfoque One Health (Una Salud) propone que la salud humana no puede separarse de la salud animal ni de la salud del planeta. La lactancia materna encarna esa idea de manera casi natural. Es una práctica que no genera residuos plásticos ni empaques industriales, no requiere para su preparación agua ni cadenas de frío, no depende de sistemas masivos de producción y su huella de carbono es mínima al compararla con sustitutos comerciales.
Desde esta perspectiva, el apoyo a la lactancia —sin imponerla ni idealizarla— protege la salud de los niños y niñas de hoy, contribuye a proteger el entorno en el que crecerán y se encuentra alineado con el modelo de salud pública que necesitaremos en las próximas décadas.
Estas tres perspectivas convergen en una misma idea: las políticas públicas, culturas de cuidado y prácticas profesionales deben integrar en su visión la salud integral de la diada madre-hijo o hija, con una perspectiva transdisciplinaria. Cada vez que reducimos la lactancia materna a una discusión sobre dientes, cuerpo femenino, salud mental, a la idea de que es “gratis” o a una visión exclusivamente nutricional, dejamos fuera dimensiones que son parte del problema y, al mismo tiempo, parte de la solución.
Ampliar la mirada no significa atribuirle más responsabilidades a la lactancia materna, sino diseñar sistemas que permitan que ella suceda. Solo desde esta visión más amplia podremos construir una sociedad que realmente proteja las circunstancias en las que se desarrolla la vida, permitiendo que la lactancia materna ocurra.
Por : Andrea Correa Ramírez, Daniela Nicolett R. y Gerardo Weisstaub
Publicado originalmente en RadioUdeChile
]]>Ayer, 24 de julio, se conmemoró el Día Internacional del Autocuidado. Y la elección de esta fecha no es casualidad en el calendario: representa el 24/7, un recordatorio de que los beneficios de cuidarnos se experimentan las 24 horas del día, los siete días de la semana. Sin embargo, en una sociedad bombardeada por imágenes inalcanzables y soluciones mágicas, cabe preguntarnos: ¿Qué significa realmente el autocuidado, especialmente cuando hablamos de obesidad?
Durante décadas, el abordaje del peso y la obesidad ha estado determinado por una narrativa simplista y, a menudo, inflexible: “come menos y muévete más”. Bajo este prisma, el supuesto “autocuidado” se ha disfrazado de dietas restrictivas, rutinas de ejercicio exhaustivas motivadas por la culpa y, sobre todo, de un profundo estigma. Se ha hecho creer a las personas que la obesidad es una mera falta de voluntad.
Desde el Grupo Transdisciplinario para la investigación, docencia y extensión en Obesidad de Poblaciones (GTOP), sabemos que la evidencia científica indica algo muy distinto. La obesidad es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, en la que intervienen la genética, el entorno, el metabolismo, la salud mental y los determinantes sociales. Por lo tanto, el autocuidado frente a ella no puede reducirse a un número en la balanza. Dicho esto, necesitamos redefinir con urgencia el autocuidado desde una perspectiva integral y transdisciplinaria.
En primer lugar, el autocuidado es compasión. Es dejar de librar una guerra contra el propio cuerpo. Cuidarse implica cultivar una relación sana con los alimentos, entendiendo que comer nutre tanto nuestra biología como nuestras emociones, y que el movimiento debe ser una celebración de lo que nuestro cuerpo puede hacer, no un castigo por lo que comimos.
En segundo lugar, el autocuidado es salud mental. No hay bienestar físico sin bienestar emocional. Abordar el estrés crónico, la ansiedad y la calidad del sueño, y buscar apoyo psicológico, son pilares fundamentales que a menudo quedan invisibilizados en el tratamiento de la obesidad.
Finalmente, el autocuidado también es colectivo. Como sociedad, cuidarnos implica erradicar el estigma y la discriminación por el tamaño corporal (gordofobia) en los espacios de salud, laborales y públicos. Una persona no puede ejercer un autocuidado efectivo en un entorno que la juzga o la margina reiteradamente. Las y los profesionales de la salud tenemos el deber de ofrecer espacios seguros, empáticos y basados en la evidencia, en los que el objetivo sea la ganancia de salud y no la pérdida de peso a cualquier costo.
Este 24/7, la invitación del Grupo GTOP es cambiar el foco. El verdadero autocuidado no se mide en tallas ni se sostiene en la culpa. Se construye con hábitos sostenibles, con un acompañamiento profesional respetuoso, con entornos que faciliten las opciones saludables, el movimiento y, sobre todo, con la convicción de que todas las personas merecen salud, bienestar y dignidad todos los días del año.
Por : María José Arias Téllez
Publicado originalmente en ElDesconcierto
]]>Por primera vez en la historia, el Mundial de Fútbol 2026 ha hecho obligatorias las pausas de hidratación, una medida fisiológicamente necesaria ante el cambio climático, pero que esconde una trampa comercial. Estas pausas se implementaron en todos los partidos del torneo, independiente de las condiciones climáticas, la hora o la infraestructura del estadio, para proteger la salud de los deportistas ante el riesgo por temperaturas extremas.
Aunque es innegable que una buena hidratación favorece el rendimiento físico, regula la temperatura corporal y disminuye el riesgo de lesiones, esta medida se ha transformado en una de las vitrinas publicitarias más agresivas en la actualidad, reflejando la alta influencia que tiene la industria alimentaria en eventos deportivos masivos que deberían ser espacios protegidos para la promoción de hábitos saludables.
Durante las pausas de hidratación, lejos de ver a futbolistas bebiendo agua natural, se observa en su mayoría a jugadores que toman bebidas isotónicas: líquidos con alto contenido de azúcares, colorantes y sodio, envasados en botellas con logotipos de sus marcas. Esto se complementa con anuncios explícitos, durante todo el partido, de las marcas auspiciadoras del evento. Esta escena aparentemente inofensiva es un riesgo para la salud pública.
Los deportistas son referentes, especialmente para niños, niñas y adolescentes (NNA), grupo altamente vulnerable al marketing de alimentos. Ver a sus ídolos consumir estos productos, crea una peligrosa asociación cognitiva al vincular la vitalidad, el éxito deportivo y el alto rendimiento con la ingesta de líquidos ultraprocesados, moldeando sus preferencias y el consumo de alimentos desde la infancia.
En Chile, la Ley 20.869 sobre publicidad de alimentos prohíbe publicitar productos con sellos “alto en” dirigida a menores de 14 años, sin embargo, la norma contempla excepciones en eventos deportivos. En la práctica, cuando un niño o niña ve a jugadores como Messi, Vidal u otros consumiendo o promocionando una bebida ultraprocesada, incluso bebidas energéticas, ya sea durante el partido o en las pausas comerciales, la escena induce a la imitación de la conducta e impacta en los hábitos alimentarios, independientemente de si el producto es sin azúcar o si solo se exhibe su marca.
Este vacío legal no es solo una tensión chilena. La discusión legislativa internacional está avanzando en cuestionar el poder de las grandes corporaciones alimentarias y su injerencia a través del patrocinio de eventos deportivos. Las estrategias regulatorias a nivel global deberían avanzar hacia la restricción de todo tipo de publicidad de alimentos no saludables en estos contextos, incluyendo la publicidad de marca, así como la exigencia de que los productos visibles durante las actividades tengan un perfil nutricional adecuado, contribuyendo de esta forma a que estos espacios sean asociados como entornos saludables y protectores para la salud.
Mientras esta discusión continúa, es urgente proteger los ambientes alimentarios, los cuáles también están en la publicidad y los medios de comunicación. La evidencia es clara sobre la alta influencia del marketing en la promoción de alimentos de baja calidad nutricional y su efecto en la conducta alimentaria, especialmente de NNA. Por ello, es necesario devolver el valor a la promoción de la comida natural y nutritiva.
El agua sigue siendo la fuente de hidratación más saludable, segura, efectiva para la hidratación y universalmente disponible, sin los riesgos asociados a los líquidos artificiales, endulzados y ultraprocesados. Los futbolistas que NNA admiran tienen el poder de modelar conductas, pero ese poder no puede seguir teniendo incentivos comerciales. Permitir que la industria alimentaria mantenga su influencia en eventos deportivos da lugar para que productos no saludables continúen instalándose como alternativas socialmente valoradas, perjudicando la salud de NNA y de la población general.
Es fundamental consolidar políticas públicas que mejoren los ambientes alimentarios y que estén por sobre los intereses comerciales de las grandes industrias.
Por : Paulina Molina Carrasco y Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en ElDesconcierto
]]>Pero esta Ley no sólo abordó el etiquetado, información clave para la selección de la compra y consumo de alimentos, sino que también prohibió la publicidad dirigida a menores de 14 años y la venta en las escuelas, de alimentos potencialmente dañinos para la salud. Adicionalmente, esta Ley obliga a que toda la publicidad de los productos con sello “alto en” lleve un mensaje obligatorio de “alimento con sello alto en, evita su consumo”; además prohíbe la publicidad de estos productos en horario diurno en cine y televisión; y también prohíbe la publicidad de sucedáneos de leche materna. En otras palabras, fue una política integral que buscó intervenir simultáneamente distintos factores que influyen en las decisiones alimentarias de la población.
A diez años de su implementación, cabe preguntarse qué hemos aprendido. La primera lección es que las políticas públicas pueden modificar los entornos alimentarios. La evidencia disponible muestra que disminuyeron las ventas de algunos productos con sellos y que numerosas empresas reformularon sus alimentos para reducir nutrientes críticos. Estos cambios habrían sido difíciles de alcanzar únicamente mediante campañas educativas o apelando a la responsabilidad individual de las personas o de las industrias. Un reciente estudio muestra además que esta Ley contribuyó significativamente a modificar a la baja las trayectorias de peso infantil, lo que constituye un efecto protector para estos niños y niñas, no sólo de obesidad sino de todas las enfermedades crónicas asociadas a esta condición.
Sin embargo, también hemos aprendido que ninguna política, por exitosa que sea, puede resolver por sí sola un problema tan complejo como la obesidad. Chile continúa enfrentando cifras preocupantes. Como muestran las encuestas disponibles, cerca del 95% de la población no cumple las recomendaciones de las Guías Alimentarias para Chile, más del 70% de los adultos vive con exceso de peso y más de la mitad de los escolares presenta esta condición. Aunque necesitamos información más actualizada para evaluar plenamente la evolución de estos indicadores, resulta evidente que los desafíos persisten.
La propia implementación de la ley ha abierto nuevas preguntas. La reformulación de productos permitió reducir nutrientes críticos en numerosos alimentos, constituyendo un avance relevante, pero también dio paso a una creciente oferta de productos que, aun cuando cumplen con los criterios establecidos por la Ley, continúan siendo alimentos ultraprocesados con alta presencia de edulcorantes y otros aditivos, abriendo nuevos desafíos regulatorios y sanitarios, en atención a la evidencia creciente de asociación entre este tipo de productos y las enfermedades no transmisibles. Esto nos recuerda que las políticas deben evolucionar junto con las transformaciones del sistema alimentario y la evidencia científica.
La Ley 20.6060 sin duda no es suficiente para cubrir todas las barreras que tienen las personas para mantener una alimentación saludable. Enfrentar los problemas de disponibilidad, accesibilidad y asequibilidad (acceso económico) a los alimentos frescos, naturales y saludables, requiere políticas públicas complementarias a las ya implementadas. La falta de tiempo, la inequidad en la distribución de las tareas del hogar, los entornos comunitarios obesogénicos, la falta de espacios gratuitos para la práctica de actividad física, la construcción de ciudades poco amigables con las personas, entre muchos otros factores dificultan las decisiones saludables. Las posibilidades de alimentarse de manera saludable siguen distribuyéndose de manera desigual según el territorio y las condiciones sociales en las que viven las personas. Elegir no es un verbo que la mayor parte de nuestra población pueda aplicar, al menos no en la alimentación ni en la actividad física. Es responsabilidad del Estado favorecer las mejores decisiones, garantizando ambientes más saludables mediante regulaciones, leyes, planes y programas que aborden las principales causas, dejando de culpar a las personas por sus prácticas poco saludables. La Ley de Etiquetado y Publicidad de Alimentos fue un excelente ejemplo de cómo el Estado puede ayudar a mejorar los entornos para que las personas puedan tomar mejores decisiones.
Abordar la alimentación poco saludable, además de contribuir a combatir la obesidad, permitirá disminuir los casos de cáncer y enfermedades cardiovasculares que hoy afectan a un gran número de personas en nuestro país, sobrecargando el sistema de salud, debilitando la economía y el desarrollo y perjudicando la calidad de vida de nuestra población. Así como hay que preocuparse de aquellos/as que ya sufren estas enfermedades, dándoles atención oportuna y de calidad, también hay que preocuparse por las medidas preventivas efectivas para reducir los nuevos casos de estas condiciones.
Avanzar en la promoción de una vida saludable requiere fortalecer y complementar las políticas existentes. Facilitar el acceso económico a alimentos saludables, proteger y fortalecer las ferias libres, mejorar los entornos comunitarios, regular nuevas formas de publicidad digital, promover ciudades más caminables y generar mejores condiciones para conciliar trabajo, cuidados y alimentación son algunos de los desafíos que enfrentamos como sociedad.
La Ley 20.606 constituye un motivo de orgullo para Chile y una demostración concreta de que la regulación puede contribuir a mejorar la salud pública. Pero también nos recuerda que el trabajo está lejos de terminar. La obesidad es un fenómeno complejo, cuyas causas abarcan dimensiones biológicas, sociales, económicas, culturales y ambientales. Enfrentarla requiere actuar simultáneamente desde múltiples frentes.
El mejor homenaje que podemos rendir esta Ley en su décimo aniversario es celebrar sus logros y asumir el desafío de seguir construyendo políticas públicas basadas en evidencia. Solo así lograremos transformar los entornos en espacios más saludables, equitativos y protectores para toda la población.
Por : Lorena Rodríguez Osiac, Patricia Gálvez Espinoza y Daniel Egaña Rojas
Publicado originalmente en ElMostrador
]]>En el marco del mes en que se celebra el día Mundial del Medio Ambiente, es muy importante dar cuenta del rol principal que posee el ser humano en el cuidado de este. Actualmente, las actividades humanas impulsan la degradación ecológica a través de la contaminación producida por la quema de combustibles fósiles en la producción de electricidad y el transporte.
A esto se suma la deforestación y la agricultura intensiva, que han dejado de lado los sistemas tradicionales de cultivo encargados de respetar los ciclos y rotaciones para mantener la integridad del suelo. Asimismo, la contaminación por plásticos y residuos derivados del uso de artículos desechables y productos alimentarios, junto con la sobreexplotación de recursos naturales como la minería y la pesca, han acelerado el deterioro global.
El ser humano es el principal causante de la crisis climática que hoy nos aqueja. Esta crisis, al provocar alteraciones severas en la temperatura, sequías prolongadas e inundaciones, afecta profundamente los procesos de cultivo, así como la producción de alimentos y materias primas. A raíz de esto, resulta imperioso abordar los sistemas de producción sostenibles directamente desde el diseño e implementación de las políticas públicas.
Sin embargo, ante un problema de magnitudes globales, la frustración puede inmovilizarnos. Por ello, resulta fundamental analizar el rol del consumidor en este escenario tan complejo. A veces, a problemas complejos corresponden soluciones bellamente simples; volver a la raíz es parte de la solución.
Analizar nuestro consumo implica evaluar el uso de artefactos digitales y vestimenta, pero son nuestros hábitos alimentarios los que están profundamente relacionados con la crisis climática. Cuando decidimos consumir bebidas embotelladas, acompañadas de alimentos empaquetados y con un nivel de procesamiento elevado, no solo dañamos la salud humana, sino también la estabilidad del medio ambiente. A veces, la respuesta es volver a la alimentación casera y a los sistemas de cultivo ancestrales.
La evidencia científica demuestra que los patrones alimentarios basados en alimentos frescos o mínimamente procesados generan un doble beneficio, protegiendo simultáneamente la salud humana y la sostenibilidad planetaria. Optar por frutas, verduras, legumbres y cereales integrales reduce drásticamente nuestra huella ambiental.
Asimismo, privilegiar productos locales y de temporada disminuye los costos ecológicos asociados al transporte. En este escenario, la cocina casera emerge como una herramienta política y ambiental revolucionaria, pues nos devuelve el control de los ingredientes, reduce los envases desechables y rescata el patrimonio cultural de nuestras comunidades.
No obstante, existe una verdad incómoda: las elecciones individuales son poderosas, pero insuficientes. Para transformar realmente el sistema agroalimentario se requieren políticas públicas urgentes que regulen las prácticas industriales perjudiciales, fomenten la agricultura ecológica y garanticen el acceso equitativo a alimentos saludables. Además, la educación ambiental y alimentaria debe ser un pilar institucionalizado desde la infancia.
La protección de la naturaleza no depende exclusivamente de macroacuerdos internacionales o de tecnologías de vanguardia; se construye varias veces al día frente a nuestro plato. Disminuir el desperdicio alimentario, reducir los ultraprocesados y valorar la cocina tradicional son acciones aparentemente pequeñas que, multiplicadas por millones de personas, tienen un impacto importante. Cada plato es un voto por el planeta que queremos construir. Lo que comemos no solo nutre nuestro cuerpo hoy; define la salud de los ecosistemas y la calidad de vida de las próximas generaciones.
Por Natalia Gómez San Carlos y Gerardo Weisstaub
Publicado originalmente en ElDesconcierto.cl
]]>¿Alguna vez se ha detenido a pensar que cada segunda respiración que toma proviene del mar? Históricamente, en zonas de interior o alejadas de la costa, se ha contemplado al océano como una postal de verano: inmenso, hermoso, pero desconectado de nuestro cotidiano. Sin embargo, en este 8 de junio de 2026, Día Mundial de los Océanos, debemos despojarnos de esa peligrosa ilusión de lejanía. El mar nunca ha estado separado de nosotros; habita en nuestro interior. Es el aire que respiramos, el clima que nos cobija y el alimento que nos nutre. Por lo tanto, la salud del océano no es un tema exclusivo de biólogos o ecologistas; es el mayor y más urgente desafío de salud pública de nuestro siglo.
Cubriendo el 70% del planeta y albergando a millones de especies, el océano nos otorga cerca de la mitad del oxígeno que respiramos, secuestra alrededor del 30% del dióxido de carbono y captura el 90% del exceso de calor generado por nuestras emisiones, actuando como el principal amortiguador del cambio climático (ONU, 2026).
Sin embargo, desde la Revolución Industrial, extraemos, manufacturamos y contaminamos agresivamente bajo la bandera de un progreso ciego, ignorando que cada acción tiene un costo. ¿El resultado? Una triple crisis planetaria de cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación, donde los daños se potencian en un círculo vicioso. El calentamiento global, de hecho, ya superó la barrera crítica de los 1,5°C en el trienio 2023-2025.
Lo que le hacemos al océano nos regresa en forma de enfermedades, inseguridad alimentaria y vulnerabilidad. La acidificación del agua, producto de nuestras emisiones masivas, está disolviendo los esqueletos calcáreos de los moluscos y aniquilando la mitad de los arrecifes de coral del planeta, ecosistemas que sostienen cadenas tróficas enteras.
Paradójicamente, mientras la obesidad y la desnutrición avanzan como una sindemia global ligada al cambio climático, seguimos atrapados en sistemas que privilegian los productos ultraprocesados y prácticas que asfixian los ecosistemas marinos mediante la sobrepesca, la pesca de arrastre, las capturas accidentales y un aumento desmedido de consumo con fines industriales. Olvidamos, por ejemplo, que los tan valorados ácidos grasos omega-3 no son producidos por los propios peces, sino que provienen de las algas marinas que estos consumen.
Por ello, desde el Proyecto Hierbas de Mar de la Universidad de Chile, junto a GTOP, promovemos la valorización de las algas y de las comunidades algueras. A pesar de ser un alimento sumamente saludable (rico en vitaminas, minerales, omega-3 y proteína vegetal) y sostenible (no requiere tierra fértil, agua dulce ni fertilizantes, absorbe CO₂ y no compite con la agricultura terrestre), su consumo en nuestro país es marginal. Según la Fundación Encuentros del Futuro (2025), esto se debe a diversas barreras, como normativas dispersas y falta de una oferta innovadora, que limitan su consumo, dificultan su conocimiento y merman la confianza en estos productos.
No obstante, estas barreras no solo afectan a las algas, sino a todas las especies, actividades y comunidades costeras. Históricamente, las políticas se han abordado desde enfoques extremadamente sectoriales, ignorando que el océano funciona como un sistema vital integrado.
Chile, con más de 6.400 kilómetros de litoral, posee la cuarta costa más extensa del planeta. Sin embargo, el reciente Índice de Salud del Océano de Chile realizado por el Centro IDEAL y SECOS (2024) nos calificó con una nota de 61 sobre 100, muy por debajo del promedio mundial. Las consecuencias de este deterioro ya tiene efectos visibles, el calentamiento del agua dispara las mareas rojas, llenando nuestros mariscos de toxinas que amenazan la salud pública. Simultáneamente, marejadas cada vez más violentas sepultan bajo arena a locos, piures, lapas y praderas de algas. Esta asfixia submarina genera pérdidas productivas de hasta un 80% en algunas localidades, afectando a las economías y culturas que dependen del mar, y devastando la actividad comercial y habitacional aledaña.
Pero el problema va mucho más allá de la pesca. La degradación del océano es un detonante directo de enfermedades humanas. El aumento global de temperaturas favorece la expansión de vectores transmisores de virus como el dengue o el zika, mientras que los microplásticos y metales pesados se abren paso silenciosamente por nuestra cadena alimentaria hasta llegar a nuestra sangre. Por ello, el enfoque de “Una Salud” (One Health) ya no es una opción teórica, es un imperativo de supervivencia: no existe humanidad sana en ecosistemas degradados.
A esto debemos sumar una dimensión vital: nuestra salud mental. Tal como lo ha impulsado Wallace J. Nichols con su movimiento Blue Mind (Mente Azul), el agua es medicina para las personas. El océano actúa como un poderoso amortiguador del estrés crónico, induciendo estados de calma que mejoran la empatía y la convivencia comunitaria. El mar es, literal y figurativamente, infraestructura de salud pública.
Para el 2026, el llamado de las Naciones Unidas nos exige ir más allá de lo que conocemos. Necesitamos una alfabetización oceánica real en escuelas, universidades y hospitales. Esta visión tiene hoy un respaldo concreto en el Tratado de Alta Mar (BBNJ) con la clara señal de que protegiendo las aguas internacionales, que representan dos tercios del océano global, es garantizar la regulación climática, la despensa alimentaria y los recursos farmacéuticos del mañana. Chile tiene una gran oportunidad y responsabilidad de liderar este proceso, tras postularse Valparaíso como sede de la Secretaría de este histórico acuerdo.
Ha llegado el momento de acortar la distancia entre las personas y el mar, para dejar de ser beneficiarios pasivos y convertirnos en centinelas activos. Como bien lo señaló la oceanógrafa Sylvia Earle: “Sin azul, no hay verde”. Desde la trinchera sanitaria, añadimos una verdad ineludible: sin un océano saludable, no habrá personas saludables. Cuidar el elemento vital ya no es solo un acto de conservación ecológica; es la tarea más urgente que debemos cumplir para proteger a las generaciones presentes y futuras.
Por Paulina Larrondo Valderrama
Publicado originalmente en Radio Udechile
]]>La distinción importa; la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), diferencia entre desperdicio y pérdida de alimentos. El desperdicio ocurre al final de la cadena (supermercados, restaurantes y hogares). Las pérdidas, en cambio, se producen antes: en la producción agrícola, cosecha, postcosecha y almacenamiento. Es decir, hablamos de alimentos que no alcanzan a llegar a los mercados ni a la mesa.
Mirar el reciclaje desde esta perspectiva cambia la conversación. No se trata solo de valorizar lo que llegó al basurero, sino de evitar que alimentos producidos con agua, suelo, energía, trabajo y conocimiento terminen fuera del sistema alimentario. En un país tensionado por la crisis climática, la sequía y las desigualdades alimentarias, estas preguntas son relevantes y urgentes.
Los datos para Chile muestran que el problema comienza mucho antes del consumo. Un estudio realizado en Chile estimó que, en 2021, el país generó 5,18 millones de toneladas de pérdidas y desperdicios de alimentos. Sin embargo, si observamos solo las etapas iniciales —producción agrícola, postcosecha y almacenamiento—, el volumen alcanza aproximadamente 3 millones de toneladas. Más de la mitad del total se concentra antes de llegar a la venta.
La mayor parte de estas pérdidas tempranas corresponde a la base de una alimentación saludable. Solo en frutas se estimaron cerca de 1,6 millones de toneladas perdidas entre producción y postcosecha; en verduras, alrededor de 540 mil toneladas. Estas cifras no hablan de restos de comida en los hogares, sino de alimentos que se pierden antes, en el campo.
Esta situación expresa una paradoja dolorosa. Por un lado, derrochamos bienes comunes vitales en medio de una crisis climática. Por otro, perdemos alimentos frescos y nutritivos en un país donde el acceso cotidiano a frutas y verduras sigue siendo un desafío para una diversidad de territorios, comunidades y familias. Cuando se pierden estos alimentos, no solo se pierde materia orgánica: se pierden oportunidades de salud y bienestar.
Las causas son múltiples: daños de manipulación, dificultades de almacenamiento, falta de infraestructura, ausencia de cadenas de frío, eventos climáticos, subordinación de la alimentación bajo la lógica extractivista y de mercado o exigencias estéticas del mercado que descartan alimentos por su forma o tamaño. Para la agricultura familiar campesina e indígena, estas brechas muchas veces determinan si un alimento logra circular o se queda atrás.
Desde el Grupo Transdisciplinario para la Obesidad de Poblaciones (GTOP) y la Cátedra de Agricultura Campesina y Alimentación de la Universidad de Chile, esta mirada invita a conectar el reciclaje con una pregunta profunda sobre nuestros sistemas alimentarios ¿cómo es posible avanzar hacia sistemas alimentarios que organicen la producción, distribución y consumo de alimentos fuera de la lógica de acumulación que ha subordinado la salud planetaria – individuos y colectivos- y los ecosistemas?
Bajo esta pregunta, reciclar es necesario, pero no suficiente. Si esperamos a que los alimentos se conviertan en residuos, ya hemos perdido demasiada agua, energía, suelo, saberes, trabajo agrícola y posibilidades concretas de mejorar la salud planetaria -individuos, comunidades y ecosistemas-. Por eso, la prevención debe ocupar un lugar central. Reducir las pérdidas implica potenciar el rol estratégico de la agricultura campesina e indígena, reconociendo el saber, prácticas y haceres de las y los agricultores, fortalecer la infraestructura, promover circuitos cortos de comercialización, revisar estándares estéticos excluyentes y construir mejores sistemas de información para saber dónde y cuánto se pierde.
En este Día Internacional del Reciclaje, el desafío no es únicamente gestionar mejor los residuos, sino transformar las condiciones que hacen posible que toneladas de alimentos nunca lleguen a alimentar a nadie. El mejor residuo es el que no se genera, y en materia alimentaria eso implica actuar desde el origen: cuidar los territorios, valorar el trabajo campesino e indígena, fortalecer sistemas alimentarios locales y priorizar la vida por sobre la lógica de descarte. Prevenir las pérdidas no es solo una estrategia ambiental; es también una apuesta ética y política por una sociedad más justa, saludable y sostenible.
Por: Cecilia Baginsky Guerrero -agronóma, académica de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile e integrante del Grupo Transdisciplinario sobre Obesidad de Poblaciones (GTOP)-, y Susana Jiles Castillo -trabajadora social y miembro de la Fundación Educación Popular en Salud (EPES)-.
Publicado originalmente en Radio Udechile
]]>En el marco de una nueva celebración del Día de la Madre, desde el GTOP (Grupo Transdiciplinario para la Obesidad de Poblaciones) de la Universidad de Chile, nos gustaría proponer un cambio de perspectiva necesario: “el bienestar del bebé es, en gran medida, un reflejo directo de la salud integral de su madre”.
Durante el postparto, la atención social y familiar suele volcarse exclusivamente al recién nacido, invisibilizando que la mujer atraviesa la etapa de mayor exigencia biológica, nutricional y emocional de su vida. Pero cuidar a quien cuida es una responsabilidad compartida y una estrategia de salud pública fundamental.
Para favorecer un óptimo estado nutricional, junto a un crecimiento saludable del bebé, el autocuidado debe basarse en pilares concretos, comenzando por una nutrición adecuada que cubra las altas necesidades energéticas y de nutrientes críticos en la madre. Más que comer mucho, el secreto está en nutrirse bien.
Es fundamental asegurar el aporte de calcio, presente en lácteos, brócoli o almendras, para proteger los huesos de la madre; zinc (carnes rojas o legumbres) y vitamina A (zanahoria, zapallo o espinaca) para fortalecer las defensas y la visión; junto al folato (legumbres y acelga) para la recuperación de los tejidos tras el parto.
Asimismo, la vitamina D, obtenida de huevos, pescados grasos y exposición a luz solar, y la vitamina E (aceites vegetales y nueces) son claves para absorber minerales y proteger las células. Por su parte, el Omega-3 (DHA) resulta vital para el desarrollo cerebral del bebé y el ánimo de la madre; este se encuentra en pescados como el jurel o el salmón, y puede reforzarse usando aceite de canola al cocinar. Por último, una hidratación abundante y constante, basada en agua, es el motor esencial que sostiene la lactancia y combate la fatiga innecesaria.
Este equilibrio nutricional debe complementarse con el movimiento guiado, siempre y cuando no existan contraindicaciones médicas. La Organización Mundial de la Salud recomienda realizar al menos 150 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, lo que en la práctica puede traducirse, por ejemplo, en realizar caminatas a un ritmo desafiante que eleve la frecuencia cardíaca, pero permita la recuperación.
Esta práctica es una herramienta poderosa que ayuda a perder el peso ganado durante el embarazo y mejora la salud cardiovascular, además de que mejora notablemente el ánimo, actuando como un factor protector frente a la depresión postparto.
Sin embargo, en esta etapa es necesario contar con la asesoría de especialistas en ejercicio postparto para realizar un trabajo de fuerza que evite la pérdida de masa muscular y, de manera vital, rehabilite el suelo pélvico. No debemos normalizar el dolor ni la incontinencia; fortalecer el periné es devolverle a la mujer la autonomía y funcionalidad sobre su propio cuerpo.
A este esfuerzo físico debe sumarse, de manera obligatoria, el descanso y el sueño. Dormir permite regular las hormonas que controlan el hambre y el estrés; sin descanso, el cuerpo entra en un estado de alerta que dificulta la recuperación metabólica. Por ello, darse espacios para una misma, ya sea para dormir una siesta, disfrutar del silencio o conectar con los propios intereses, no es restarle tiempo a tu hijo (a), sino recargar la batería emocional, necesaria para la crianza. Debemos derribar el mito del sacrificio total: el estrés crónico afecta el vínculo, mientras que una madre que cultiva su salud mental entrega un entorno de seguridad.
En definitiva, el mensaje es simple pero potente: “mamá feliz, bebé feliz”. El autocuidado materno es la base de una maternidad sostenible. Al elegir salud, nutrición y descanso, no solo te cuidas tú, sino que le entregas a tu hijo (a) la mejor versión de ti misma. Cuidarse es, esencialmente, la forma más profunda y generosa de cuidar a tu bebé. ¡Feliz día mamá!
Publicado originalmente en El desconcierto.cl
]]>Esta semana se conmemoró el Día Nacional de la Salud Mental, una oportunidad para reflexionar sobre cómo cuidamos nuestro bienestar integral. La salud mental no depende solo de la ausencia de enfermedad: se construye a través de nuestras rutinas, la alimentación, el descanso, el movimiento y la manera en que nos relacionamos con el mundo, tanto físico como digital.
El ejercicio físico es un aliado clave. Al movernos, el cuerpo libera endorfinas, neurotransmisores que generan bienestar, calma y una sensación de placer. Además, el ejercicio permite liberar tensiones acumuladas, desconectarse de las exigencias laborales y fortalecer la musculatura, generando una percepción de autovalencia y mayor confianza en uno mismo.
La alimentación influye de manera directa en nuestro estado emocional. Los alimentos ultraprocesados, con sellos de advertencia o aditivos como colorantes, espesantes y emulsionantes, pueden alterar la microbiota intestinal, que desempeña un papel central en la regulación del ánimo y la cognición.
En contraste, una dieta basada en alimentos naturales -frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos- favorece una microbiota diversa y saludable, promoviendo posibles beneficios en la salud mental.
Dormir las horas adecuadas y respetar el ritmo circadiano es otro factor crucial. El descanso permite regular las hormonas del estrés y mejora la concentración, mientras que la vida moderna, con su ritmo acelerado y exceso de estímulos, tiende a normalizar el cansancio y la tensión constante.
El uso de redes sociales y el consumo frecuente de noticias negativas también tiene un impacto significativo. La exposición constante a conflictos en línea, discusiones polarizadas o información pesimista genera una visión centrada en los problemas, disminuyendo nuestra percepción de aspectos positivos de la vida. Limitar el tiempo frente a las pantallas y priorizar relaciones reales y constructivas contribuye a proteger la mente y reducir el estrés.
No es necesario comer perfecto, meditar largas horas o ejercitarse a diario. Los cambios pequeños y sostenidos en la rutina también generan resultados positivos. Subir escaleras en el metro, caminar unas cuadras antes del trabajo o incluir más legumbres en la dieta son pasos simples que, con constancia, repercuten de manera favorable en la salud mental.
A nivel social, es importante mejorar el ambiente alimentario mediante políticas públicas, fortalecer la calidad laboral incluyendo pausas activas y consolidar redes de apoyo comunitarias.
En un contexto donde la productividad se ha vuelto prioritaria, es esencial detenerse y reconocerse el derecho a la pausa. Moverse, alimentarse bien, descansar, desconectarse del ruido digital y cuidarse son acciones concretas que construyen bienestar y resiliencia. La salud mental se cultiva día a día, y cada pequeño paso suma en la construcción de una vida más equilibrada y saludable.
Por: Natalia Gómez San Carlos
Publicado originalmente en El desconcierto.cl
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