Esta columna es una invitación a ampliar la mirada. Esto significa intentar comprender su complejidad: como una práctica que atraviesa la salud física, mental y emocional del niño o niña y su madre, el trabajo de cuidados, la equidad de género y la sostenibilidad ambiental.
La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener la lactancia materna hasta, al menos, los dos años de vida, complementándola con otros alimentos desde los seis meses. Ninguna sociedad científica relevante contradice esa recomendación. Aun así, muchas mujeres relatan que son cuestionadas por amamantar más allá del primer año.
Parte de ese cuestionamiento proviene de prejuicios sociales, estigmas o creencias como que la lactancia prolongada genera caries o de malposiciones dentarias, que dificulta el desarrollo de la autonomía infantil, que responde más a necesidades emocionales de la madre que del niño e incluso, que la consideran como una práctica moralmente sancionable dada la sexualización del pecho femenino.
Ampliar esta perspectiva significa preguntarnos por el criterio a partir del cual un profesional de la salud podría recomendar el abandono de una práctica ampliamente beneficiosa para la salud general del niño o niña e incluso de la madre, como factor protector frente al desarrollo de cáncer mamario.
Los profesionales de la salud solemos formular recomendaciones desde nuestra propia disciplina y, por lo general, estas son compatibles con la salud integral. Sin embargo, cuando una recomendación entra en tensión con el bienestar biopsicosocial de una persona, el criterio no puede ser defender el territorio de la propia especialidad. La boca no es un compartimento aislado del resto del cuerpo, ni lo es ningún otro órgano.
Tampoco la salud mental puede separarse del bienestar del organismo. Ampliar la mirada significa reconocer que la lactancia protege de infecciones, promueve la salud metabólica de la madre y del niño o la niña, fortalece el vínculo entre madre e hijo o hija y, cuando es deseada, cuida la salud mental de ambos.
La primera perspectiva invita a comprender la lactancia como parte de la salud integral del niño o la niña. La segunda exige ampliar el foco hacia quienes la hacen posible.
Con frecuencia se afirma que la lactancia materna es gratis. Esto es un recurso sencillo y útil para promoverla, pero invisibiliza un aspecto fundamental: las labores de cuidado, ejercidas mayoritariamente por mujeres, han sido históricamente subvaloradas. Amamantar tiene un costo real, cuantificable en tiempo, salud mental, oportunidades laborales postergadas, sueño interrumpido y trabajo no remunerado.
Reconocer ese costo es el primer paso; el siguiente es actuar en consecuencia. Apoyar la lactancia no consiste en insistir a las madres en que amamanten, sino en respetar las decisiones que ellas toman y ofrecerles condiciones concretas y apropiadas para que esas decisiones puedan sostenerse: permisos laborales adecuados, salas de lactancia, redes de apoyo y una distribución más justa de las demás responsabilidades del hogar y del cuidado. De lo contrario, una recomendación de salud pública termina convirtiéndose, en la práctica, en una exigencia dirigida individualmente a cada mujer.
La ampliación de la mirada no se limita a la relación entre madre e hijo o entre madre e hija, sino que abarca un contexto más amplio.
El enfoque One Health (Una Salud) propone que la salud humana no puede separarse de la salud animal ni de la salud del planeta. La lactancia materna encarna esa idea de manera casi natural. Es una práctica que no genera residuos plásticos ni empaques industriales, no requiere para su preparación agua ni cadenas de frío, no depende de sistemas masivos de producción y su huella de carbono es mínima al compararla con sustitutos comerciales.
Desde esta perspectiva, el apoyo a la lactancia —sin imponerla ni idealizarla— protege la salud de los niños y niñas de hoy, contribuye a proteger el entorno en el que crecerán y se encuentra alineado con el modelo de salud pública que necesitaremos en las próximas décadas.
Estas tres perspectivas convergen en una misma idea: las políticas públicas, culturas de cuidado y prácticas profesionales deben integrar en su visión la salud integral de la diada madre-hijo o hija, con una perspectiva transdisciplinaria. Cada vez que reducimos la lactancia materna a una discusión sobre dientes, cuerpo femenino, salud mental, a la idea de que es “gratis” o a una visión exclusivamente nutricional, dejamos fuera dimensiones que son parte del problema y, al mismo tiempo, parte de la solución.
Ampliar la mirada no significa atribuirle más responsabilidades a la lactancia materna, sino diseñar sistemas que permitan que ella suceda. Solo desde esta visión más amplia podremos construir una sociedad que realmente proteja las circunstancias en las que se desarrolla la vida, permitiendo que la lactancia materna ocurra.
Por : Andrea Correa Ramírez, Daniela Nicolett R. y Gerardo Weisstaub
Publicado originalmente en RadioUdeChile







